Extracto del libro “In a Dark Wood. The Fight over Forests and the Rising Tyranny of Ecology” de Alston Chase (1995). Traducción y notas de Francesc Garcia Gonzalo.


Una creencia, más que cualquier otra, es responsable de la matanza de individuos en los altares de los grandes ideales históricos: justicia o progreso o felicidad de generaciones futuras, o la sagrada misión, o la emancipación de una nación o raza o clase, o incluso la propia libertad, cuando exige el sacrificio de los individuos por la libertad de la sociedad. Esta es la creencia de que en alguna parte, en el pasado o el futuro, en la revelación divina, o en la mente de un pensador, en los pronunciamientos de la historia o la ciencia, o en el corazón simple de un buen hombre no corrompido, existe una solución final.

(Isaiah Berlin, Dos Conceptos de Libertad)

El ecologismo promete también una solución final. Abrazando la libertad positiva [1], descansa sobre la premisa de que la estabilidad primigenia de la naturaleza es el bien supremo. En base a ello, nos insta a aceptar que las autoridades nos definan las “condiciones precoloniales” que deberíamos desear.

Pero la naturaleza no puede ser un bien trascendente. Los valores no existen como los árboles y las estrellas, sino que son etiquetas que los seres sensibles, ya sean divinos o humanos, confieren a las cosas para designar la importancia de éstas para el evaluador. Si la consciencia no existiera, nada tendría valor.

Una vez que reconocemos que el equilibrio de la naturaleza no es el bien supremo, la casa construida por el biocentrismo se derrumba. Ya no necesitamos aceptar que la protección del medio ambiente es un imperativo categórico que tiene prioridad sobre todos los demás deberes sociales. Entonces las peleas conservacionistas se ven por lo que son: conflictos entre distintos intereses estéticos, recreativos, vocacionales, regionales o de clase. Como la naturaleza no “prefiere la estabilidad”, ese estado mítico no puede constituir la “salud ecológica”. Y una vez que rechazamos la supremacía de la estabilidad, ya no necesitamos confiar en expertos para decirnos cómo lograrlo, ni tenemos por qué suponer que “dejar que la naturaleza siga su curso” es la mejor estrategia para proteger lo que valoramos. Si la humanidad es el estándar de valor, entonces las políticas deben medirse por el grado en que mejoren la vida humana [2]. Las personas eligen el paisaje que desean, no la “salud del ecosistema” que se les dice que deben anhelar.

Del mismo modo, los objetivos del conservacionismo se evaporan. Su propósito no puede ser evitar “cambios no naturales” y permitir los “naturales”, pues ambos son indistinguibles. Tampoco puede decirse que sustente los procesos evolutivos. La evolución no necesita nuestra ayuda. Se hace igualmente obvio que la preservación no puede significar restaurar y mantener las “condiciones precoloniales”. Incluso aunque pudiéramos retroceder en el tiempo, ¿cómo decidiríamos qué momento de la historia “restaurar” y por qué? ¿Debería América volver a ser lo que era en 1850, o en 1492, o hace quince mil años, cuando los mamuts lanudos vagaban libremente y los humanos no habían llegado aún al continente?

Entonces, ¿qué es la conservación natural y cómo puede lograrse? ¿Cómo podemos empezar a resolver los conflictos sobre valores que comenzaron en los años sesenta, tras disolverse el consenso Lockeano? Sorprendentemente, la respuesta podría estar en el pasado.

Uno no puede reflexionar sobre los pueblos aborígenes sin encontrar paradojas. Durante milenios, las sociedades han adorado las culturas indígenas primitivas, a la vez que ignoraban o despreciaban las contemporáneas. Hoy en día, muchos alaban a los indios precolombinos como héroes ecológicos, mientras que condenan los excesos de sus descendientes modernos. A la vez que acreditan a los pueblos primitivos con haber mantenido el continente en estado “puro”, los ecologistas critican y a veces se querellan contra las tribus indias modernas por matar demasiados salmones, cazar mamíferos marinos, sobreexplotar los bosques y permitir la minería en sus tierras. De hecho, los indios americanos actuales no parecen ser mejores en conservación que el resto de la población. Esto es desconcertante Si sus antepasados ​​fueron tan buenos administradores de la tierra, ¿por qué no transmitieron esa ética a sus descendientes?

Un motivo es que los indios precoloniales no eran los buenos conservacionistas que tienen fama de ser. En lugar de vivir de la tierra sin agotarla, alteraron profundamente el paisaje, a veces beneficiosamente y a veces no. Aunque sus incendios eran casi siempre beneficiosos, abundantes pruebas muestran que cazaron muchas especies hasta el punto de extinguirlas localmente [3]. Los diversos paisajes que vieron los primeros colonos no fueron el producto de una filosofía conservacionista sabia y consciente, sino muy probablemente la feliz consecuencia de tres condiciones: ninguna tribu controlaba todo el continente; las economías tribales eran muy diversas; y muchos pueblos eran nómadas.

Dentro de sus territorios, muchas tribus abusaron de sus recursos. Sin embargo, en conjunto estos pueblos indios conservaron recursos, pues su dispersión (y a menudo su movilidad) aseguraba que no toda la tierra estaría sujeta al mismo tratamiento. Unos cazaban bisontes, otros ciervos. Unos pescaban, otros mataban focas. Unos recolectaban bayas, otros cultivaban maíz. La gran diversidad de vida salvaje que asombró a los primeros exploradores fue también consecuencia de que los cientos de tribus del continente a menudo estaban en guerra unas con otras. Varios relatos de la época sugieren que la vida salvaje era escasa dentro de los territorios tribales pero abundante en la tierra de nadie que separa a los pueblos en guerra.

Estos regímenes contrastan radicalmente con la gestión territorial contemporánea. El gobierno de Estados Unidos controla un tercio del territorio del país y cada vez está más cerca de implementar una estrategia única de conservación nacional. Mientras que en 1968 el Servicio de Parques Nacionales era la única agencia que practicaba la “gestión de ecosistemas”, ésta es hoy la doctrina oficial para toda la administración federal de tierras. Leyes tales como la Ley de Especies en Peligro de Extinción, la Ley de Tierras Salvajes y la Ley de Gestión Forestal Nacional se aplican a áreas cada vez más extensas del continente. Y este enfoque monolítico ha sido una receta para el desastre. En lugar de producir diversidad, está generando una estupefaciente uniformidad.

Por lo tanto, una política de conservación nacional es una clara contradicción. Nuestra creciente capacidad destructiva hace aún más imperativo que, como los indios, adoptemos una  gran variedad de estrategias paisajísticas. Cualquier error cometido por políticas uniformes se multiplica gravemente por todo el continente. Y la América actual, como la de los indios, se compone de gentes diversas con diferentes perspectivas sobre la belleza y el bienestar. Eso significa que la conservación no es una cosa sino muchas. Ese es el verdadero significado de biodiversidad: condiciones que reflejan los variados intereses de una sociedad heterogénea.

Una perspectiva verdaderamente ecológica reconoce que los humanos y sus actividades forman parte de la naturaleza, y que la mejora de todos los aspectos de sus vidas, incluido su entorno, empieza por la cooperación entre individuos basada en la confianza mutua. Eso significa que, en lugar de seguir una única estrategia, deberíamos imitar a los indios de antaño y alentar una multiplicidad de regímenes. Más que impedir o revertir perturbaciones, deberíamos aceptar el cambio. En lugar de excluir al hombre del jardín, deberíamos alegrarnos de que lo cultive. En lugar de dejarnos convencer ​​por imperativos metafísicos para salvar “ecosistemas” pseudocientíficos, deberíamos intentar preservar una diversidad de paisajes simplemente porque nos gustan. Y en lugar de imponer leyes ambientales draconianas que dividen a la sociedad, deberíamos promover una cooperación que genere confianza y busque sanar las heridas sociales causadas por treinta años de conflicto filosófico.

Esta desmitificación y democratización de la conservación aseguraría la supervivencia de la diversidad de formas de vida que desean tantos ecologistas, y redefiniría el rol del ecólogo de gurú a guía. En lugar de contribuir a establecer objetivos políticos, como suelen hacer ahora, estos científicos se limitarían a evaluar e implementar mandatos. Abordarían los medios, no definirían los fines.


Alston Chase BiocentrismAlston Chase es un profesor de filosofía retirado. Tras completar sus estudios en Harvard y Oxford, obtuvo su doctorado en Princeton y enseño filosofía durante varios años, incluyendo en la Universidad Macalester de Minnesota, donde dirigió el departamento de filosofía. Desencantado con el mundo académico, se jubiló tempranamente y ahora vive en Montana con su esposa. Entre sus varios libros se incluyen Playing God in Yellowstone (Jugando a Ser Dios en Yellowstone), In a Dark Wood (En un Bosque Oscuro) y Harvard and the Unabomber: The Education of an American Terrorist.

[1] La libertad positiva, según Isaiah Berlin, es esa supuesta libertad “que exige el sacrificio de los individuos por la libertad de la sociedad” (Two Concepts of Liberty, Isaiah Berlin). El mismo Isaiah Berlin contrapone esa “libertad positiva” a otra “libertad negativa”, más cercana a la verdadera libertad individual. Más apropiadamente, en mi opinión, otros distinguen entre colectivismo e individualismo para expresar conceptos similares.
[2] El humanismo es justamente la filosofía según la cual “la humanidad es el estándar de valor” y todas nuestras actividades se miden en una escala ética y moral “por el grado en que mejoren la vida humana”. Por contra, el biocentrismo sostiene que las personas no tienen más valor que cualquier otro ser vivo y por lo tanto los intereses de las personas no tienen prioridad sobre los supuestos intereses de otras criaturas. Dado que los seres humanos, para sobrevivir y prosperar, necesitamos usar nuestro entorno, convertir a las demás criaturas en intocables es una receta misantrópica que nos empobrece y en última instancia nos mata. En mi opinión, aquellos que defienden con buena fe el biocentrismo confunden hechos (los seres humanos son una más de muchas especies terrestres) con valores (yo soy humano y, dada mi naturaleza, me importa más la vida humana que la de otros seres vivo). Por otro lado, creo que hay quienes usan el biocentrismo con mala fe, para promover sus propias agendas a costa de otras personas, a las que impiden valerse de su entorno para prosperar (agendas, por ejemplo, de monopolización de recursos naturales y control poblacional, que contribuyen a explicar por qué muchas élites promueven activamente el ecologismo).
[3] Los indios alteraron profundamente el paisaje, entre otras cosas porque provocaban incendios forestales con los que extendían las praderas a costa de los bosques, expandiendo así el hábitat más favorable para los grandes mamíferos a los que cazaban. Para más información, puede consultarse In a Dark Wood y las citas allí contenidas.