Extracto del capítulo 4 del libro Democracy: The God that Failed, de Hans-Hermann Hoppe.


El reconocimiento de la democracia como una maquinaria redistribuidora de riqueza y renta, junto con uno de los principios más básicos de toda la economía, que uno va a obtener más de aquello que uno subsidia, proporciona la clave para comprender la época contemporánea [8].

Toda redistribución, con independencia del criterio en que se base, implica “tomar” de los propietarios o productores originales (los poseedores de algo) y “dar” a quienes no son ni los propietarios ni los productores de ese algo (los no-poseedores). El incentivo para ser el propietario o productor original de ese algo se reduce, mientras que el incentivo para ser un no-propietario o no-productor aumenta. Por lo tanto, el resultado de subsidiar a la gente por ser pobre es que habrá más pobreza. Si se subsidia a la gente por estar desempleada, aumentará el desempleo. Si se usan los impuestos para subsidiar a madres solteras, ello aumentará el número de madres solteras, de hijos “ilegítimos” y de divorcios [9]. Al prohibirse el trabajo infantil, ello transfiere renta de familias con hijos a quienes no los tienen (al restringirse legalmente la oferta de trabajo, los salarios aumentarán). Ello hará descender la tasa de natalidad. Por otro lado, subvencionar la educación de los niños tiene el efecto contrario: se transfiere renta desde quienes tienen pocos o ningún hijo a quienes tienen muchos hijos. Ello hace aumentar la tasa de natalidad. Pero el valor de los hijos y la tasa de natalidad caerán nuevamente como consecuencia de la mal llamada seguridad social. Pues, al subsidiar a los jubilados (los viejos) mediante impuestos gravados a los actuales trabajadores (los jóvenes), se debilitará sistemáticamente la institución de la familia (el vínculo intergeneracional entre padres, abuelos e hijos). Los viejos que no ahorraron para su vejez ya no necesitarán la ayuda de sus hijos. Mientras que los jóvenes, que suelen haber acumulado menos riqueza, tienen que mantener a los viejos, que han tenido tiempo para acumular más, en lugar de al revés, como es la costumbre en las familias. El afecto de padres e hijos se resentirá. Las rupturas familiares y las familias desestructuradas irán en aumento. Subirá el consumo y decaerá la preparación para el futuro (el ahorro y la acumulación de capital) [10].

Cuando se subvenciona a supuestos enfermos, neuróticos, derrochadores, alcohólicos, drogadictos, sidosos y “retrasados” mentales y físicos mediante un sistema de seguros obligatorios, el resultado será un aumento de la enfermedad, neurosis, derroche, alcoholismo, drogadicción, infecciones de sida y retraso mental y físico [11]. Al forzar a los no criminales, incluidas las víctimas de crímenes, a pagar por el encarcelamiento de los criminales (en lugar de hacer que estos últimos compensen a sus víctimas y paguen íntegramente el coste de su captura y encarcelamiento), aumentará la criminalidad [12]. Al forzar a los empresarios, mediante programas de “acción afirmativa” (“no discriminación”), a emplear a más mujeres, homosexuales, negros o miembros de otras “minorías” de lo que ellos querrían, eso hará que haya más trabajadores de esas minorías, pero menos empresarios y menos empleo para varones, heterosexuales y blancos [13]. Forzando a los terratenientes, mediante legislación medioambiental, a subvencionar (“proteger”) las “especies amenazadas” que habitan en sus tierras, ello aumentará el número y calidad de vida de los animales, y reducirá el número y calidad de vida de los seres humanos [14].

Y lo más importante, al obligar a propietarios y/o a quienes se ganan la vida en el mercado (productores) a subsidiar a “políticos”, “partidos políticos” y “funcionarios” (políticos y funcionarios no pagan impuestos, sino que son pagados con impuestos) [15], ello hará que se cree menos riqueza, que disminuya el número de productores y su productividad, y que aumente el despilfarro, los “parásitos” y el parasitismo.

Los hombres de negocios (capitalistas) y sus empleados no ganan nada a menos que produzcan bienes y servicios que se vendan en el mercado. Las compras de los consumidores son voluntarias. Al comprar un bien o servicio, el comprador (consumidor) demuestra que prefiere ese bien o servicio a la suma de dinero a la que tiene que renunciar para conseguirlo. Por contra, políticos, partidos y funcionarios no producen nada que se venda en el mercado. Nadie compra “bienes” o “servicios” gubernamentales. Éstos son producidos, lo cual tiene un coste asociado, pero ni se venden ni se compran. Por un lado, esto implica que es imposible determinar su valor y establecer si ese valor justifica los costes incurridos en su producción. Puesto que nadie los compra, nadie demuestra preferir esos bienes y servicios a lo que renuncia por producirlos. Es más, ni siquiera puede demostrarse que nadie les atribuya ningún valor. Por lo tanto, desde la perspectiva de la teoría económica es completamente ilegítimo asumir, como se hace siempre en la contabilidad nacional, que los bienes y servicios gubernamentales valen lo que cuesta producirlos, por lo cual esa cifra se le suma a la de los bienes y servicios “normales” producidos privadamente (comprados y vendidos) para obtener el producto interior bruto (PIB). Se podría igualmente asumir que los bienes y servicios del gobierno no valen nada, o incluso que esos “bienes” ni siquiera son bienes sino “males” y que, por consiguiente, el coste de mantener a políticos y burócratas debería sustraerse del valor total de los bienes y servicios producidos privadamente. En efecto, asumir esto estaría mucho más justificado. Pues, a efectos prácticos, subsidiar a políticos y funcionarios equivale a subsidiar una “producción” poco o nada ocupada en promover el bienestar de los supuestos consumidores, y en cambio dedicada mayoritaria o exclusivamente a promover el bienestar de los “productores”, es decir políticos y funcionarios. Sus salarios seguirán siendo los mismos independientemente de que sus productos satisfagan o no a los consumidores. De acuerdo con esto, la expansión de empleo en el sector “público” llevará a aumentos en la holgazanería, descuido, incompetencia, perjuicios, maltratos, despilfarro e incluso destrucción, así como una dosis creciente de arrogancia, demagogia y mentiras (“trabajamos por el bien común”) [16].

Tras menos de un siglo de democracia y redistribución, los predecibles resultados ya están aquí…

(Continúa en Democracy: The God that Failed)


Traducción de Mises Hispano, adaptada para Eklektikos por Francesc Garcia-Gonzalo.


Notas:
[8] Sobre la economía de la redistribución véase Ludwig von Mises, Socialism: An Economic and Sociological Analysis (esp. parte V, cap. 2); Murray N. Rothbard, Power and Market: Government and the Economy (p.169 y siguientes); Idem, For A New Liberty (cap. 8).
[9] Para una investigación empírica detallada sobre este asunto y otros relacionados véase Charles Murray, Losing Ground.
[10] Sobre los efectos de la “seguridad social”, leyes de escolarización obligatoria y prohibición del trabajo infantil sobre la progresiva destrucción de las familias véase Allan C. Carlson, What Has Government Done to Our Families? y Bryce J. Christensen, The Family vs. the State, ambos en Essays in Political Economy, Ludwig von Mises Institute, 1992.
[11] Uno de los primeros y más profundos análisis se halla en Ludwig von Mises, Socialism: An Economic and Sociological Analysis. Escribiendo a principios de los años veinte, Mises describió los efectos de los “seguros sociales” así:
“Al debilitar o destruir completamente la voluntad de estar bien, los seguros sociales crean enfermedad e incapacidad para el trabajo; Generan el hábito de la queja… En resumen, es una institución que tiende a fomentar la enfermedad y los accidentes, y a incrementar sensiblemente las consecuencias físicas y psíquicas de ambos. Como institución social, provoca que las naciones enfermen física y moralmente, o cuando menos ayuda a multiplicar, prolongar y agravar las enfermedades” (pág. 432).
Es más, Mises da en el clavo al explicar por qué los seguros contra la mayoría de riesgos de salud y accidente, y en concreto los seguros contra el desempleo, son económicamente imposibles:
“El valor de los seguros contra enfermedades y accidentes es problemático debido a que el propio asegurado puede provocar o intensificar la condición contra la que se asegura. Pero en el caso de un seguro contra el desempleo, la condición contra la que se asegura no puede existir a menos que así lo quiera la persona asegurada. El desempleo es un problema de salarios, no de trabajo. Es igual de inviable un seguro contra desempleo que uno, por ejemplo, contra la imposibilidad de vender mercancías. La expresión “seguro contra el desempleo” es impropia, pues no puede existir ningún fundamento estadístico para tal seguro” (p.439)
Sobre la lógica del riesgo y los seguros véase además Ludwig von Mises, Human Action (cap. 6). Sobre los efectos disgénicos de la “seguridad” social véase Seymour W. Itzkoff, Tbe Road to Equality: Evolution and Social Reality; Idem, Tbe Decline of Intelligence in America.
[12] Sobre crimen y penas véase Murray N. Rothbard, La Ética de la Libertad (cap. 13); Randy E. Barnett y John Hagel (eds.), Assessing the Criminal; Robert J. Bidinotto (ed.), Criminal Justice? Tbe Legal system vs. Individual Responsibility.
[13] Sobre la legislación y economía de la «acción afirmativa» y discriminación, véase Richard A. Epstein, Forbidden Grounds; Walter Block y Michael Walker (eds.), Discrimination, Affirmative Action, and Equal Opportunity.
[14] Sobre conservación y medioambiente véanse las obras de Murray N. Rothbard: Conservation in the Free Market (en Egalitarianism as a Revolt Against Nature and Other Essays), Power and Market (pp.63-70) y Law, Property Rights and Air Pollution. Ver también Llewellyn Rockwell Jr., TbeAnti-Environmentalist Manifesto.
[15] Véase Murray N. Rothbard, Power and Market (cap. 2, pp. 84 y siguientes). Para reconocer esta importante verdad sólo hace falta plantearse esta cuestión: ¿Qué sucedería si todos los impuestos fuesen abolidos? ¿Implicaría ello, por ejemplo, que los sueldos de todo el mundo subirían desde el actual sueldo neto (tras impuestos) hasta el sueldo bruto (antes de impuestos)? La respuesta es claramente que no, pues algo se hace con el dinero recaudado. Se emplea, por ejemplo, para pagar los salarios de los funcionarios. Sus salarios no aumentarían si se eliminasen los impuestos. Todo lo contrario, caerían hasta cero, lo que demuestra que ellos no pagan ningún impuesto. Como explica Rothbard: “si un burócrata recibe un salario de $5000 anuales y “paga” $1000 anuales en impuestos, resulta evidente que en realidad cobra un sueldo de $4000 sin pagar impuestos. Los gobernantes han optado por un método contable complejo y engañoso para aparentar que pagan los mismos impuestos que cualquier otro individuo con los mismos ingresos(op. cit., p.278 y p. 142). Esto aclara por qué ciertos grupos, como maestros de escuela y profesores universitarios, están casi siempre unánimemente a favor de subir los impuestos. Al hacerlo no están aceptando generosamente una mayor carga sobre sus hombros. Por contra, es mediante subidas de impuestos que se financian las subidas de sus sueldos. Sobre el asunto de pagadores versus consumidores (devoradores) de impuestos, véase también John C. Calhoun, Disquisición sobre el gobierno, pp. 20-23.
[16] Sobre los principales errores de la contabilidad nacional de la renta y una alternativa constructiva, véase Murray N. Rothbard, America ‘s Great Depression (pp. 296-304) y su Power and Market (pp. 199-202).