Extracto de “The Underground History of American Education” de John Taylor Gatto.

Traducción de Francesc Garcia Gonzalo.


Esparta, la vecina de Atenas, fue un caballo de otro color. La sociedad espartana estaba organizada en base al concepto de instrucción formal de la cuna a la tumba. Esparta entera era como una gigantesca escuela: cada minuto del día estaba repleto de prescripciones oficiales para la población, mientras que la familia no era más que una conveniencia para el estado. La organización política pública de Esparta era una elaborada farsa, nominalmente centrada en una rama ejecutiva con dos cuerpos legislativos, pero las decisiones finales las tomaban los éforos, una reducida élite que controlaba la política estatal. Los aspectos prácticos de cómo aparentar una democracia figuran fuertemente en las ideas de pensadores sociales posteriores como Maquiavelo (1532) y Hobbes (1651), así como en mentes más cercanas a nuestro tiempo que influyeron en la implementación de la escolarización forzosa estadounidense.

Las ideas espartanas de control social alcanzaron la conciencia americana mediante estudios clásicos sobre escolarización temprana, a través de iglesias, así como por el interés suscitado por el estado militar alemán de Prusia, el cual se modeló conscientemente a sí mismo en Esparta. En las últimas décadas del siglo XIX, la formación universitaria norteamericana pasó a reflejar el modelo prusiano-espartano. El servicio a intereses comerciales y al estado político se convirtió en la principal razón de ser de la universidad tras 1910. El desarrollo de la mente y carácter de los jóvenes dejó de ser una prioridad universitaria. En su lugar, se trataba de moldear esas mentes para que otros pudiesen usarlas como instrumentos. He aquí una pista importante sobre la brecha filosófica que guió la fundación de la escuela moderna y que en buena medida sigue guiándola: pequeños agricultores, artesanos, comerciantes, profesionales autónomos en ciudades y pueblos, pequeños industriales y viejos intereses señoriales, todos ellos basaron parte de su sueño americano en la Atenas democrática o la Roma republicana (no la de los emperadores); estos sectores comprendían una proporción significativa de la América corriente. Pero nuevas élites dominantes urbanas señalaron hacia un futuro basado en el modelo espartano.

Cuando el sistema de instrucción espartano se transfirió a la Roma Imperial, comenzaron a aparecer algunas escuelas que reconoceríamos. Las familiares prácticas punitivas de la América colonial fueron vívidamente anticipadas en el famoso fresco de Herculaneum, que muestra a un colegial romano sujetado por dos de sus compañeros mientras el maestro avanza hacia él con un largo látigo en la mano. Las escuelas romanas debían empezar a castigar temprano por la mañana, pues encontramos al poeta Marcial maldiciendo una escuela por despertarlo de madrugada con ruidos de gritos y palizas; Horacio inmortalizó al pedagogo Orbilius por inculcarle a azotes el amor por los viejos poetas. Pero estas referencias escolares no deberían confundirnos. Las pocas escuelas que había en Roma eran para chicos de clase alta, e incluso entre éstos la mayoría dependían para su educación de tutores, tradiciones y emulación, no de la escuela.

La palabra pedagogo en latín se refería a un tipo especializado de esclavo cuya función era acompañar al estudiante a ver al maestro. Con el tiempo estos esclavos adquirieron otros deberes, encargándose de hacer cumplir las órdenes de los maestros, procedimiento conmemorado por Varro en su “instituit pedagogus, docet magister”, cuyo significado, en mi latín oxidado de monaguillo, es algo así como  “el maestro crea la instrucción, el pedagogo la implementa”. He aquí una clave de la educación moderna: los hombres libres nunca fueron pedagogos. Sin embargo, solemos referirnos a la ciencia educativa moderna como pedagogía. El bienintencionado pero inocente padre que le cuenta sus preocupaciones al pedagogo (sea esta pobre alma un maestro, el director o el superintendente), está típicamente embarcándose en un juego de frustración que no llevará a ningún cambio significativo. Es como descortezar el árbol equivocado en un bosque oscuro donde el árbol correcto está lejos y escondido.

La pedagogía es una tecnología social con la que ganar atención y cooperación (u obediencia) y así poder instalar hilos en la mente, cuyo control se transfiere a un amo invisible. Esto puede hacerse de forma holística, con sonrisas, música y actividades intelectuales de poco calibre, o puede hacerse con dureza, mediante ejercicios y exámenes rigurosos y competitivos. La falta de autoconfianza que se persigue es esencialmente la misma en ambos casos.

La pedagogía es un concepto útil para ayudarnos a desentrañar algunos de los misterios de la educación moderna. Que la pedagogía es cada vez más vital para el orden social es delatado por el silencioso pero sustancial aumento en la paga de los maestros desde los años sesenta. Al igual que con el trabajo de policía (con el que la pedagogía comparte importantes puntos), los salarios de los maestros se han vuelto bastante buenos, con jornadas cortas y una seguridad laboral de primera clase. Esto contrasta con la época dorada de la escuela de una sola aula, cuando los maestros solían pernoctar en la escuela para que su paga les llegara a fin de mes. Y sin embargo nunca faltaron candidatos, y muchos hijos de prominentes estadounidenses comenzaron su vida adulta como maestros de escuela.

Con la relativa opulencia actual, encontrar hombres y mujeres con excelentes logros a sus espaldas para que hiciesen de profesores no costaría nada si el objetivo fuera ése. Unos mínimos ajustes a los racionalmente insostenibles requisitos para ejercer de maestro abrirían las puertas de esta profesión a muchas personas brillantes, a muchos adultos de cincuenta y sesenta años cuyo rendimiento ya ha quedado más que demostrado. Que no exista tal acceso fluido es una señal de que la educación tiene un propósito distinto al que aparenta tener. Año tras año, la consistente mediocridad de los candidatos a maestro demuestra claramente que la institución escolar se esfuerza activamente en buscar, arropar, contratar y promocionar al tipo de personal que le conviene.