Artículo de Kerry McDonald (original aquí). Traducción de Francesc Garcia Gonzalo.


El sábado fue el día de limpieza primaveral en el huerto comunitario de nuestra ciudad, donde nos acaban de conceder una parcela después de mucho tiempo en la lista de espera.

Uno de los horticultores anunció que necesitaba voluntarios capaces de identificar retoños de arce. Era preciso ubicarlos y eliminarlos antes de que hicieran sombra a las hortalizas. Dos personas levantaron la mano: mi hija Molly de 11 años y una veterana horticultora que lleva décadas cultivando ese suelo.

Los otros horticultores se sorprendieron gratamente cuando Molly dijo que podía identificar los arces. ¿Lo aprendiste en la escuela? preguntó uno. “No, soy homeschooler”, contestó Molly. “¿Lo aprendiste en homeschool, pues?”, continuó el horticultor. “No, simplemente lo aprendí”, contestó ella alegremente.

Esta conversación de fin de semana expone el arraigado e inconsciente mito en nuestra cultura de que los niños no aprenden a menos que se les enseñe de forma sistemática. Ya sea en la escuela o en la escuela en casa (homeschool), los niños sólo pueden aprender cuando los dirige un adulto, cuando siguen un currículum establecido, y cuando se los empuja a aprender y se los examina. ¿Cómo podía un niño saber identificar plantas sin formar eso parte de una lección escolar?

Sin embargo, nadie aplicó tal presunción a la horticultora veterana. Nadie le preguntó si había aprendido a identificar arces en la escuela, o si había hecho un curso recientemente sobre el tema. Todos asumieron que lo sabía por experiencia, por inmersión. Llevaba mucho tiempo cultivando huertos; probablemente lo disfrutaba y ello le había llevado a interesarse por la vida vegetal y del suelo. Quizá conocía a otros horticultores más experimentados, que con el tiempo le habían transmitido su sabiduría. Quizá había leído libros y consultado guías de campo. Nadie dudó de que la horticultora veterana hubiese aprendido a identificar arces a base de experiencia vital e inmersión en la materia. Pero les costaba mucho concebir que un niño pudiera hacer lo mismo.

Molly se interesó por la horticultura siendo todavía bastante pequeña, estimulada en parte por la pasión y talento de su tía abuela. Gran experta en horticultura, su tía estuvo encantada de que Molly y sus hermanos la ayudaran en el huerto a lo largo de los años. Molly se interesó especialmente en la identificación de plantas. Preguntaba mucho y absorbía todas las respuestas a través de su activa participación en el proceso vital de cultivar un huerto y explorar la naturaleza. También consultaba periódicamente libros y guías de campo, cuando lo consideraba importante. Molly aprendió de plantas siguiendo sus intereses, preguntando a quienes sabían más que ella, escuchando atentamente sus respuestas y, crucialmente, llevando a cabo ella misma las labores del huerto. Aprendió igual que aprendió la veterana horticultora, e igual que aprenden de forma natural casi todas las personas.

La mayoría de lo que sé hoy no es lo que aprendí en la escuela. Es lo que he aprendido desde que terminé la escuela, siguiendo mis propios intereses y haciendo cosas que significan algo para mí. Así es como aprendemos la mayoría de adultos, sobre todo si hemos sido lo suficientemente afortunados para mantener viva, o revivir, aquella llama de curiosidad humana innata que es tan a menudo sofocada por la escolarización convencional.

Como escribió el renombrado reformador social, Paul Goodman, en Mal-educación Obligatoria:

“La dura tarea de la educación consiste en liberar y fortalecer la iniciativa del joven, y al mismo tiempo asegurarse de que sabe lo que hace falta para encarar la cultura y costumbres de la sociedad, para que su iniciativa pueda ser relevante. Es absurdo pensar que ello puede lograrse a base de sentarse en un pupitre mirando al frente, manipulando símbolos según las instrucciones de administradores distantes. Esto es más bien una forma de regimentar y lavar el cerebro.” (p.140)

 Los niños no necesitan sentarse en clase, o en la mesa de la cocina, siguiendo un currículum regimentado de conocimientos que otros han declarado importantes. Los niños aprenden igual que aprende naturalmente el resto de gente cuando no se la somete a una educación institucionalizada: siguiendo sus instintos humanos de explorar, descubrir y recrear nuestro mundo.

Cuando se les da libertad, respeto y verdaderas oportunidades para interaccionar como miembros vitales de su comunidad, los niños aprenden con una motivación y facilidad que le dejan a uno asombrado. Es hora de sacarlos del pupitre y darles la bienvenida al mundo real.


Kerry McDonald escribe sobre aprendizaje, política educativa y unschooling. Sus artículos han aparecido  en ForbesNewsweekNPREducation NextNatural Mother MagazineFEE.org, e Intellectual Takeout, entre otros. Es licenciada en Economía por Bowdoin College y tiene un máster en políitica educativa por la Universidad de Harvard. Es cofundadora de AlternativesToSchool.com, y miembro de la junta directiva de la Alliance for Self-Directed Education. Kerry vive y aprende junto con su marido y sus cuatro hijos que nunca han ido a la escuela (edades 4 a 11) en Cambridge, Massachusetts, EE.UU.