Extracto de “For A New Liberty: The Libertarian Manifesto“, de Murray N. Rothbard.

Traducción de Mises Hispano, adaptada para Eklektikos por Francesc Garcia-Gonzalo.


El credo libertario descansa sobre un axioma central: ningún individuo o grupo de individuos debe cometer ninguna agresión contra la persona o propiedad de ningún otro individuo. Podemos llamar a esto el “Axioma de No-Agresión”. Definimos “agresión” como la iniciación, o amenaza de iniciación, de violencia física contra la persona o propiedad de otro. Por lo tanto, agresión es sinónimo de invasión.

Si ningún hombre puede agredir a ningún otro; si, en suma, todos tenemos el derecho absoluto a vivir “libres” de agresión, esto implica automáticamente que el libertario defiende con firmeza lo que suelen llamarse “libertades civiles”: la libertad de hablar, publicar, reunirse y practicar “crímenes sin víctimas” tales como la pornografía, la desviación sexual y la prostitución (que para el libertario no son “crímenes” en absoluto, pues él define “crimen” como la invasión violenta de persona o propiedad). Además, el libertario considera el servicio militar obligatorio como esclavitud a gran escala. Y dado que la guerra, sobre todo la guerra moderna, implica la matanza masiva de civiles, el libertario ve estos conflictos como genocidios completamente ilegítimos.

Todas estas posiciones se consideran “de izquierdas” en el espectro ideológico contemporáneo. Por otro lado, su oposición a la invasión de los derechos de propiedad privada implica que el libertario rechaza con la misma firmeza la interferencia gubernamental con los derechos de propiedad o con la economía de libre mercado mediante controles, regulaciones, subsidios o prohibiciones. Pues, si todo individuo tiene derecho a disponer de su propiedad sin sufrir ninguna depredación agresiva, entonces también tiene derecho a donar su propiedad (legar y heredar) y a intercambiarla por la propiedad de otros (libre contratación y economía de libre mercado) sin interferencia. El libertario apoya el derecho a la propiedad privada y libre intercambio sin limitaciones; es decir, respalda un sistema de “capitalismo laissez-faire”.

De nuevo en terminología actual, a la posición libertaria sobre propiedad y economía se la llamaría “de extrema derecha”. Pero el libertario no ve incoherencia alguna en ser “de izquierdas” para algunas cosas y “de derechas” para otras. Todo lo contrario, el libertario considera su posición como la única verdaderamente consistente: consistente con la libertad de todas las personas. Pues, ¿con qué consistencia se opone el izquierdista a la violencia bélica y el servicio militar obligatorio cuando al mismo tiempo apoya la violencia de los impuestos y controles gubernamentales? ¿Y con qué consistencia defiende el derechista la propiedad privada y la libre empresa cuando a la vez favorece la guerra, el reclutamiento militar obligatorio y la prohibición de actividades no invasivas que él considera inmorales? ¿Y cómo puede el derechista favorecer el libre mercado y sin embargo no ver nada malo en los vastos subsidios, distorsiones e ineficiencias propias del complejo militar-industrial?

Oponiéndose como lo hace a toda agresión, privada o grupal, contra los derechos sobre persona y propiedad, el libertario observa que, a lo largo de la historia, y en el presente, siempre ha habido un agresor central y dominante que ha infringido todos estos derechos: el Estado. En contraposición a todos los demás pensadores, de izquierdas, derechas o de centro, el libertario se niega a darle al Estado el apoyo moral para cometer acciones que casi todo el mundo consideraría inmorales, ilegales y criminales si las llevara a cabo cualquier otra persona o grupo dentro de la sociedad civil. En suma, el libertario insiste en aplicar las leyes morales básicas sobre todo el mundo, sin excepciones especiales para ninguna persona o grupo. Pero si miramos al Estado desde esta perspectiva, nos damos cuenta de que universalmente se le permite, e incluso se le pide, que lleve a cabo todo tipo de acciones que incluso los no libertarios consideran crímenes abominables. El Estado comete regularmente asesinatos en masa, a los que llama “guerra” o “represión de la subversión”; El Estado esclaviza a personas para su ejército, a lo que llama “conscripción” o “alistamiento”; y la propia existencia del Estado se basa en el robo forzado conocido como “impuestos”. El libertario insiste en que la naturaleza de estas prácticas no depende del apoyo popular que reciban: da igual cuanta gente las apoye, la verdad sigue siendo que la Guerra es Genocidio, la Conscripción es Esclavitud, y los Impuestos son Robos. En suma, el libertario es como el niño de la fábula, que se obstina en decir que el emperador está desnudo.

A lo largo de los siglos, el emperador ha sido provisto de varios pseudo-ropajes, confeccionados para él por los intelectuales de la nación. Antiguamente, los intelectuales le decían al público que el Estado o sus gobernantes eran divinos, o que estaban investidos de autoridad divina, de modo que, lo que al observador inocente e inculto podía parecerle despotismo, asesinatos y robos a gran escala, no era más que la benigna y misteriosa acción de la divinidad actuando a través de los estamentos políticos. En las últimas décadas, a medida que la explicación divina iba perdiendo credibilidad, los “intelectuales cortesanos” del emperador se han ido inventando apologías cada vez más sofisticadas: contándole al público que lo que hace el gobierno es para el “bien común” y el “bienestar público”, que los impuestos y el gasto público hacen funcionar el misterioso proceso del “multiplicador” para mantener la economía en equilibrio, y que, en cualquier caso, una amplia variedad de “servicios” gubernamentales no podrían ser proporcionados de ninguna manera por ciudadanos actuando voluntariamente en el mercado o la sociedad. El libertario niega todo esto: entiende que las diversas apologías no son más que medios fraudulentos de sesgar la opinión pública en favor del gobierno estatal, e insiste en que cualquier servicio que ahora presta el gobierno podría ser prestado mucho más eficiente y moralmente por la empresa privada y cooperativa.

Por lo tanto, el libertario considera que una de sus principales tareas educativas consiste en difundir la desmitificación y desacralización del Estado entre sus indefensos súbditos. Tiene que demostrar, reiteradamente y en profundidad, que no sólo el emperador, sino también el Estado “democrático” está desnudo; que todos los gobiernos subsisten a base de explotar al público, y que dicha explotación es la antítesis de la necesidad objetiva. Se esfuerza en demostrar que la existencia misma del Estado y de los impuestos necesariamente establece una división de clases entre los gobernantes explotadores y los gobernados explotados. Asimismo, trata de poner de manifiesto que la tarea de los intelectuales cortesanos, siempre al servicio del Estado, es la de tejer mitos para que el público acepte el dominio gubernamental, y que dichos intelectuales obtienen a cambio una porción del poder y dinero mal habido que los gobernantes extraen de sus engañados súbditos.

Tomemos, por ejemplo, la institución de los impuestos, que según los estatistas es, en cierto sentido, verdaderamente “voluntaria”. A quienquiera que crea de verdad en la naturaleza “voluntaria” de los impuestos lo invitamos a que se niegue a pagarlos y vea lo que le sucede. Si analizamos la imposición de tributos, encontramos que, de todas las personas e instituciones de la sociedad, sólo el gobierno adquiere sus ingresos por medio de la violencia coercitiva. Todos los demás obtienen sus ingresos o bien a través de donativos voluntarios (asociación benéfica, logia, club de ajedrez) o bien mediante la venta de bienes o servicios voluntariamente adquiridos por los consumidores. Si cualquiera que no fuese el gobierno procediera a “imponer tributos”, todo el mundo lo entendería como coerción y como una forma de delincuencia mal disimulada. Sin embargo, los arreos místicos de la “soberanía” han enmascarado el proceso hasta tal punto que sólo los libertarios llaman a los impuestos por su verdadero nombre: robo legalizado y organizado a gran escala.