Extracto del libro “Hamilton’s Curse: How Jefferson’s Arch Enemy Betrayed the American Revolution—and What It Means for Americans Today“, de Thomas Di Lorenzo

Traducido por Francesc Garcia Gonzalo


“Las ideas tienen consecuencias”, escribió el renombrado conservador Richard M. Weaver en un libro de ese título. Las grandes ideas, además, pueden tener grandes consecuencias, y quizá no existan ideas más grandes en la historia política estadounidense que las debatidas en la época de la fundación del país por Alexander Hamilton y Thomas Jefferson. Esa batalla de ideas—y fue efectivamente una batalla—estableció las bases del debate sobre el papel del gobierno en América que ha moldeado nuestra historia hasta la actualidad. La idea más importante de todas, en las mentes de Hamilton y Jefferson, era la relativa al tipo de gobierno bajo el cual vivirían los estadounidenses.

Hamilton fue una de las figuras más influyentes de la historia política estadounidense. Ejerció como delegado en la Convención Constitucional de 1787; Fue uno de los autores de Los Documentos Federalistas, que contribuyeron a convencer a los Estados a ratificar la Constitución; Y fue el primer secretario del Tesoro de la nación. A lo largo de estos críticos primeros años de la república estadounidense, Hamilton dejó clara su filosofía política. Para empezar, quería un gobierno altamente centralizado. Se manifestó en contra de la primera constitución de la nación, los Artículos de la Confederación, precisamente porque consideraba que no daba suficiente poder al gobierno nacional, y en la Convención Constitucional propuso la existencia de un jefe ejecutivo permanente que pudiese vetar cualquier legislación estatal—en otras palabras, un rey americano. Hamilton pretendía usar este poder centralizado para subsidiar a los ricos y sus negocios, para así incentivarlos a apoyar un gobierno en constante expansión. Como secretario del Tesoro, fue un frenético subidor de impuestos que abogó por la planificación gubernamental de la economía. Promovió la acumulación de deuda pública, tarifas proteccionistas y bancos políticamente controlados; Menospreció a políticos como Jefferson, que hablaban demasiado de libertad; Y sostuvo que el nuevo gobierno americano debía perseguir la gloria nacional e imperial, al modo de los imperios británico, francés y español.

Thomas Jefferson mantuvo la posición exactamente opuesta sobre cada uno de estos temas, y los dos grandes hombres—que también eran archirrivales políticos—chocaron repetidamente. Jefferson defendió el gobierno limitado y descentralizado, creyendo que la historia había demostrado que el gobierno tenía que ser pequeño y circunscrito o no respetaría la libertad individual. En base a esto, él consideraba que la mayoría de funciones gubernamentales tenían que estar en manos de los ciudadanos de los Estados soberanos, no del gobierno central. A diferencia de Hamilton, Jefferson era un “interpretador estricto” de la Constitución: creía que el gobierno nacional sólo tenía aquellos poderes concretos (principalmente para asuntos exteriores) que los Estados soberanos le habían delegado explícitamente en la Constitución; Todos los demás poderes eran reservados a los Estados o, sino, al pueblo, tal como enuncia la Décima Enmienda. Económicamente, creía que el laissez-faire era el camino más seguro hacia la paz y la prosperidad. Como presidente, su principal prioridad fue eliminar todos los impuestos internos, muchos de los cuales había apoyado previamente Hamilton como secretario del Tesoro del presidente George Washington. Jefferson también defendía la libertad de comercio y se oponía firmemente a la deuda pública y la banca nacional como terribles amenazas a los derechos naturales. Por último, creía que interferir en los asuntos de otras naciones en aras de la “gloria imperial” era un error desastroso.

Jefferson articuló su filosofía política en su primer discurso inaugural, cuando declaró: “Un gobierno sabio y frugal, que impide que los hombres se dañen unos a otros, pero más allá de eso los deja libres para controlar sus actividades de industria y de búsqueda de felicidad, y que no quita de quien ha trabajado el pan que ha ganado. Esta es la suma del buen gobierno”. En otra ocasión resumió su punto de vista aún más sucintamente: “El mejor gobierno es el que menos gobierna”. El lema de Hamilton, el estatista consumado, bien podría haber sido ” El mejor gobierno es el que más gobierna”.

De estos dos rivales políticos, Jefferson—el autor de la Declaración de Independencia y el tercer presidente de los Estados Unidos—es hoy el más recordado. Pero la realidad es que la visión de Hamilton, no la de Jefferson, es la que acabó prevaleciendo. Como ha escrito el columnista conservador George F. Will, hoy “honramos a Jefferson, pero vivimos en el país de Hamilton”.

Esto no es motivo de celebración. El triunfo del hamiltonianismo ha sido en su mayor parte una maldición para América. El legado político de Alexander Hamilton es como un catálogo de los males del gobierno moderno: una burocracia monopolista, irresponsable y fuera de control en Washington, D.C.; La desaparición de la Constitución como límite a los poderes del gobierno federal; El fin de la idea de que los ciudadanos de los Estados deben ser los amos, no los sirvientes, de su gobierno; Generaciones de jueces federales que han eviscerado las protecciones constitucionales de la libertad individual en América; Deuda nacional; Proteccionismo comercial nocivo; Bienestar corporativo (es decir, uso de dinero público para subsidiar negocios políticamente conectados); Y planificación económica central y control político de la oferta monetaria, que han provocado ciclos burbuja-crisis en la economía.

La Revolución Americana se luchó contra un gobierno altamente centralizado y encabezado por un jefe ejecutivo despótico que controlaba las riendas del sistema económico mercantilista británico (es decir, un sistema basado en el proteccionismo, monopolios concedidos por el gobierno, un banco estatal, e intervencionismo que beneficiaba al Estado y sus amigos a expensas del público general) como un instrumento de saqueo a expensas de los colonos. Sin embargo, Hamilton dedicó el último cuarto de siglo de su vida a consagrar ese mismo sistema en América. Por lo tanto, el hamiltonianismo—consolidación gubernamental, eliminación del verdadero federalismo, poder ejecutivo dominante, y políticas económicas mercantilistas—no fue otra cosa que la traición de los principios por los que se luchó la Revolución Americana.