Artículo de Larken Rose (original inglés aquí)

Traducción de Francesc Garcia-Gonzalo


Simplificar demasiado puede transformar ideas racionales en caricaturas tontas. Parece que cierta gente necesita chivos expiatorios muy genéricos a los que echar la culpa de las cosas. Para algunos, todos los problemas del mundo se deben a la codicia, o al dinero, la desigualdad, las armas, el odio, etc. Este artículo trata de la “jerarquía”, el chivo expiatorio favorito de algunos en la izquierda política, incluyendo algunos izquierdistas que se llaman a sí mismos “anarquistas”.

Hay muchos tipos de organización que pueden considerarse jerárquicos: una cadena de mando militar, un equipo de fútbol y su entrenador, un empleador y sus empleados, un maestro y sus estudiantes, etc. En este sentido amplio, deshacerse de la “jerarquía” en la sociedad significaría eliminar toda situación donde una persona simplemente instruye o guía a otra sobre qué hacer. Siendo tajante, lograr tal objetivo es imposible, y tratar de lograrlo es una locura.

caosImagina qué pasaría si en todas las empresas, organizaciones o grupos de gente nunca nadie siguiera las instrucciones de nadie más. Imagina un equipo de fútbol donde cada jugador decidiera por sí mismo qué táctica seguir, en vez de someterse a la “jerarquía” del entrenador o capitán (o quienquiera que establezca las tácticas). Imagina una empresa que no tuviera ningún plan sobre qué producir, sobre quién debe hacer qué, o siquiera sobre quién forma parte de la empresa. La estructura de una organización puede ser muy estricta, muy relajada, o cualquier grado intermedio, pero que nadie decida absolutamente nada excepto para sí mismo hace casi imposible la existencia de cualquier organización compleja.

Desde el momento en que existe una organización, existe también alguna forma de jerarquía. Hay, por supuesto, ciertos tipos de jerarquía cuya desaparición mejoraría nuestra sociedad. Hay dos maneras en que una jerarquía puede ser intrínsecamente inmoral y destructiva: (1) cuando los de “arriba” usan la fuerza para obligar a los de “abajo” a obedecerles, y (2) cuando los que siguen instrucciones de otros se creen que ello les exime de ser responsables de sus propios actos. En otras palabras, cuando las jerarquías conllevan “autoridad” (donde los que mandan creen tener derecho a mandar y los mandados creen tener la obligación de obedecer), entonces son horriblemente peligrosas. Pero en ese caso el problema es la creencia en la “autoridad”, no la presencia de jerarquías.

Las organizaciones jerárquicas voluntarias son a menudo descritas en términos autoritarios. Por ejemplo, a un empleador se le suele llamar “jefe”. Sin embargo, el único poder real que tiene el empleador es el mismo poder que tiene el “trabajador”: el poder de terminar el acuerdo. Cuando un empleador quiere dejar de pagar a alguien por su trabajo, a eso se le llama “despido”. Cuando es el trabajador quien termina la relación, eso se llama “dejar el trabajo”. Pero ambos tienen el mismo poder y ninguno puede obligar al otro a hacer nada. Cualquier empleador que intentara forzar a otros a trabajar por él sería considerado universalmente como un malhechor.

yosoloseguiaordenesEs más, un empleado que cometiera fraude, robo, asalto o asesinato a petición de su empleador también sería visto como un malhechor, aunque el empleado argumentara que él “sólo estaba cumpliendo órdenes”. Esto es así porque, cuando la gente no cree en la “autoridad”, a nadie se le ocurre pensar que la existencia de jerarquía pueda convertir algo malo en algo bueno.

No hay nada de malo en que un individuo siga voluntariamente las instrucciones de otro, sin que ello le exima de ser responsable de sus propios actos. De hecho, la sociedad no podría existir si tales cosas no sucedieran casi constantemente. Los ejemplos son inacabables: un aprendiz de conductor sigue las instrucciones de su profesor de autoescuela, un jardinero hace el trabajo que el propietario le dice que haga, un excursionista decide ir en la dirección que le marca su guía, los músicos de una orquesta siguen las indicaciones de su director, un aprendiz sigue los consejos de su tutor, y así podríamos seguir ad infinitum. Condenar la “jerarquía” en general implica condenar muchísimos comportamientos humanos voluntarios, productivos, útiles y morales.

helpwantedAlgunos incluso afirman absurdamente que ser anarquista requiere oponerse a toda jerarquía. Sin embargo, lo que defiende el “anarquismo” es que “nadie gobierne”, y nada tiene que ver gobernar con la jerarquía voluntaria. Alguien que coopera voluntariamente siguiendo el liderazgo de otro no está siendo gobernado. Al parecer, el deseo juvenil de algunos de nunca tener que seguir peticiones, instrucciones o consejos de otros les lleva a declarar que cualquier manera de operar donde una persona le diga a otra qué debe hacer (es decir, cualquier jerarquía) es necesariamente opresiva e injusta.

Esta visión inmadura explica por qué mucha gente alucina opresión cuando se trata de “empleadores” y “empleados”. No, un “empleador” obviamente no tiene el derecho de forzarte a hacer lo que dice. Sin embargo, los empleadores sí tienen todo el derecho del mundo a no contratarte, a no comerciar contigo, y a no interactuar contigo en absoluto. Afirmar que no comerciar con alguien es lo mismo que oprimirlo violentamente es simplemente ridículo. Si dos personas acuerdan mutuamente establecer una relación donde una le paga a otra por hacer cierto trabajo, eso no tiene nada de inmoral u opresivo, aunque pueda ser percibido como una “jerarquía”.

Meter la “jerarquía” voluntaria y la forzada en la misma categoría y luego condenar ambas es tan absurdo como decir que todo intercambio es un robo o todo contacto físico un asalto. El problema es que los izquierdistas que creen tener derecho a que otros satisfagan sus deseos no entienden la enorme diferencia entre estas dos actitudes:

supermercado(1) “Yo debería ser capaz de hacer lo que quiera, siempre que quiera, y sin que nadie me diga qué debo hacer. Pero todo lo que necesito debo poder conseguirlo gratuitamente”.

(2) “Nadie debería forzarme a hacer nada, pero a menudo es útil cooperar voluntariamente y comerciar con otros para beneficio mutuo”.

Pensar lo primero te convierte en un comunista. Pensar lo segundo implica ser una persona responsable y racional. Ambas son mutuamente excluyentes.