La convivencia pacífica entre seres humanos define a la sociedad civilizada. Si adoptamos tal convivencia como nuestro objetivo (es decir, si aceptamos el axioma de la convivencia pacífica), entonces podemos deducir del mismo los principios que deben regir nuestro comportamiento para alcanzar dicho fin. Si entendemos que la paz equivale a la ausencia de agresiones, este proceso axiomático-deductivo nos lleva a dos principios básicos: el principio de no-agresión (no agrederé) y el principio de defensa (me opondré activamente a las agresiones de los demás). Como veremos luego, la agresión se define como cualquier violación de los derechos de propiedad de las personas.

Llamamos propiedad a cualquier recurso escaso que las personas utilizan como medio para alcanzar sus fines. La escasez de la propiedad da lugar a conflictos, situaciones en que distintas personas pretenden usar la misma propiedad de formas incompatibles. Siguiendo sus instintos animales, muchas personas intentan resolver dichos conflictos mediante el uso de la fuerza o astucia. Sin embargo, tales métodos se oponen a la coexistencia pacífica y son por lo tanto inaceptables en una sociedad civilizada. ¿Cómo, pues, debe la gente civilizada asignar la propiedad en caso de conflicto?

La resolución civilizada de conflictos debe basarse en la correcta aplicación del principio de apropiación (según el cual el primer usuario de un recurso escaso sin dueño previo se convierte en el propietario legítimo de dicho recurso). Según este principio, cada uno de nosotros es el dueño de su cuerpo porque se apropió del mismo antes de nacer. Así pues el principio de apropiación explica el principio de autopropiedad (es decir, que somos dueños de nosotros mismos). A su vez, la combinación de ambos principios nos permite apropiarnos de recursos naturales externos a nuestro cuerpo, recursos que sólo podrán cambiar legítimamente de dueño si los transferimos libremente a otros, ya sea en forma de regalo o como parte de un intercambio.

De este modo, los principios de apropiación (homesteading principle) y de autopropiedad (self-ownership principle) proporcionan un método objetivo (con resultados constatables por todos), universal (las mismas normas para todos) y sin ambiguedades para asignar un propietario legítimo en caso de conflicto. Este método es aceptado implícita sino explícitamente por toda la gente civilizada y constituye la base para definir los derechos de propiedad y por consiguiente los conceptos de agresión (violación de derechos de propiedad), justicia (la correcta asignación de derechos de propiedad) y paz (el pleno disfrute de los derechos de propiedad).

De todo lo mencionado emerge una filosofía coherente que guía a los individuos sociales en sus esfuerzos por convivir pacíficamente. Según esta filosofía, todos tenemos derecho a no ser agredidos, así como a defender a las víctimas de agresiones (usando la fuerza si es preciso para evitar las violaciones o, si ya es demasiado tarde para eso, para obligar a los agresores a restituir a sus víctimas). Estos derechos no derivan de ninguna autoridad sino que son deducidos del axioma de la convivencia pacífica. Por ello esta filosofía establece lo que está bien y lo que está mal independientemente de ningún mandato legal o de ningún mandamiento divino.