Capítulo VI de “Economía en Una Lección”, de Henry Hazlitt.

Traducido y Adaptado para Eklektikos por Francesc Garcia Gonzalo (con ayuda de la traducción de Adolfo Rivero para Mises Hispano).


Una de las falacias económicas más comunes es la creencia de que las máquinas, en balance neto, crean desempleo. Mil veces destruida, esta falacia resurge siempre de sus cenizas con renovada fuerza y vigor. En cada episodio prolongado de desempleo masivo, se le echa la culpa de nuevo a las máquinas. Sobre este sofisma descansan todavía muchas prácticas sindicales que el público no toleraría si comprendiera con profundidad este asunto .

La creencia de que las máquinas provocan desempleo, cuando es sostenida con consistencia lógica, lleva a conclusiones descabelladas. Bajo tal supuesto, no sólo causamos desempleo con cada mejora tecnológica actual, sino que el hombre primitivo debió empezar a causarlo con sus primeros esfuerzos por librarse de trabajo y sudor innecesarios.

Sin ir más lejos, tomemos La Riqueza de las Naciones de Adam Smith, publicada en 1776. El capítulo-1 de este notable libro se titula “Sobre la División del Trabajo”. En la página-2 nos dice el autor que, sin maquinaria, un obrero “apenas hace un alfiler al día, y jamás podría hacer veinte”, mientras que con maquinaria puede fabricar 4.800 alfileres diarios. Así que, ya en la época de Adam Smith, las máquinas habrían desplazado entre 240 y 4.800 fabricantes de alfileres por cada uno que conservara su trabajo. En la industria del alfiler de aquella época, si las máquinas se limitan a desemplear trabajadores, ya había pues una tasa de paro del 99,98%. ¿Podrían ir peor las cosas?

Podrían ir peor, pues la Revolución Industrial no había hecho más que empezar. Fijémonos en algunos incidentes y aspectos de dicha revolución. Veamos, por ejemplo, lo que ocurrió en la industria de las medias. Los artesanos del sector se dedicaban a destruir los nuevos telares a medida que se iban instalando (más de mil en un solo altercado). Se incendiaron las fábricas y se forzó a los inventores a huir para salvar sus vidas. No se restableció el orden hasta que intervino el ejército y los cabecillas fueron deportados o ahorcados.

Ahora bien, cabe recordar que, en tanto que los rebeldes pensaban en su futuro a corto e incluso no tan corto plazo, su oposición a las máquinas era racional. En su Historia de la Fabricación Mecanizada de Géneros de Punto (1867), William Felkin nos dice que la mayoría de los 50.000 tejedores de medias ingleses y sus familias tardaron cuarenta años en recuperarse plenamente del hambre y miseria causadas por la introducción de la maquinaria. Sin embargo, la creencia de los amotinados de que las máquinas desemplean permanentemente a los obreros era errónea: a finales del siglo XIX la industria de la media empleaba a más de 100 obreros por cada uno que había empleado a principios de siglo.

Arkwright inventó su maquinaria para hilar algodón en 1760. En aquella época se estimó que había en Inglaterra 5.200 hilanderos y 2.700 tejedores, es decir 7.900 personas dedicadas a producir telas de algodón. Cuando se introdujo la maquinaria de Arkwright, se dijo que impediría a los obreros ganarse la vida. La oposición tuvo que ser aplacada por la fuerza. Sin embargo, en 1787, veintisiete años después de aparecido el invento, una investigación parlamentaria mostró que el número de personas empleadas en hilar y tejer algodón había aumentado de 7.900 a 320.000, un incremento del 4.400%. (…)

Se podrían apilar montañas de datos mostrando lo muy errados que andaban los tecnófobos de antaño, pero eso no serviría de nada a menos que se explicara claramente por qué estaban equivocados. Pues estadística e historia de nada valen en economía si no van acompañadas de una explicación deductiva básica de los hechos, que en este caso implica comprender por qué la introducción de maquinaria y otros métodos de ahorro de trabajo tenían que causar las consecuencias observadas. De lo contrario, los tecnófobos dirán que, aunque eso puede haber sido cierto en el pasado, ahora las cosas son distintas (eso es lo que de hecho responden cuando se les indica que las profecías de sus predecesores resultaron ser falsas). En efecto, en una columna de periódico sindicada del 19 de septiembre de 1945, la Sra. Eleanor Roosevelt escribió: “Hemos llegado a un punto donde los dispositivos para ahorrar trabajo sólo son deseables cuando no desplazan al obrero de su puesto”.

Si fuera cierto que la introducción de maquinaria provoca un aumento persistente de desempleo y miseria, las conclusiones lógicas que deberíamos sacar de ese hecho serían revolucionarias, no sólo a nivel técnico sino para nuestro concepto de civilización. No sólo deberíamos rechazar todo futuro progreso técnico, sino que deberíamos contemplar con igual horror todos los progresos técnicos del pasado.

Diariamente, todos intentamos, cada cual a su manera, reducir el esfuerzo que nos cuesta alcanzar cierto resultado. Todos procuramos economizar los medios necesarios para alcanzar nuestros fines. Cualquier empresario, grande o pequeño, siempre busca alcanzar sus objetivos de forma más económica y eficiente, es decir, ahorrando esfuerzo. Todo trabajador inteligente intenta reducir el esfuerzo que le exige la tarea encomendada. Los más ambiciosos entre nosotros nos esforzamos constantemente en producir cada vez más en el mismo número de horas. Los tecnófobos, si fueran lógicos y consistentes, rechazarían todo este progreso e inventiva no ya como inútil, sino como perjudicial. ¿Para qué transportar mercancías entre Nueva York y Chicago por ferrocarril, cuando se emplearían muchísimos más hombres cargando las mercancías a sus espaldas?

Teorías tan falsas como esta nunca son sostenidas con consistencia lógica, pero causan graves daños por el mero hecho de ser sostenidas. Analicemos, pues, lo que sucede tras la introducción de mejoras técnicas y maquinaria en los procesos productivos. Los detalles variarán según las condiciones propias de cada industria o período, pero consideraremos un ejemplo que abarque las principales posibilidades.

Supongamos que un empresario textil descubre que existe una máquina capaz de confeccionar abrigos con sólo la mitad de la mano de obra que usa actualmente. Instala la máquina y despide a la mitad del personal. A primera vista parece obvio que se crea desempleo. Pero hicieron falta trabajadores para fabricar la máquina, así que allí se generaron algunos puestos de trabajo que no hubiesen existido de otra forma. Sin embargo, el fabricante sólo habría comprado la máquina si ésta hiciese mejores abrigos por el mismo precio, o los mismos a un coste menor. Si asumimos esto último, no cabe admitir que los sueldos pagados en la construcción de la máquina superen los sueldos que el empresario espera ahorrarse a largo plazo por adoptarla. De lo contrario el empresario no habría tenido incentivo en adquirir la máquina.

De modo que todavía hay un desempleo neto del que rendir cuentas. Aún y así, debemos tener presente la posibilidad real de que el primer efecto de la introducción de la máquina sea un incremento neto de empleo, pues es sólo a largo plazo que el empresario textil espera ahorrarse dinero gracias a la máquina. Pueden pasar años hasta que la máquina “se pague a sí misma”.

Una vez que la máquina ha compensado su propio coste, el empresario ve aumentados sus beneficios (asumiremos que sigue vendiendo los abrigos al mismo precio que sus competidores, sin esforzarse en rebajarlos). En este punto, puede parecer que ha habido una pérdida neta de empleo, y que el empresario, el capitalista, ha sido el único beneficiado. Pero son precisamente estos beneficios adicionales los que originan las subsiguientes ganancias sociales. El empresario tiene que usar sus beneficios extra en una o más de las tres formas siguientes: (1) ampliar sus operaciones adquiriendo más máquinas para hacer más abrigos, (2) invertir en otra industria, y (3) gastar más en bienes de consumo. Da igual la opción u opciones que tome, en los tres casos sus acciones generarán empleo.

En otras palabras, gracias a la máquina, el empresario tiene ahora beneficios que no tenía antes. Cada dólar que se ha ahorrado no pagando directamente a sus ex-trabajadores, ese dólar lo tiene ahora para pagar indirectamente a los fabricantes de la nueva máquina, o a los trabajadores de otra industria, o a quienes le construyen una casa o coche nuevo, o confeccionan joyas y pieles para su esposa. En cualquier caso (a menos que sea un absurdo acaparador), el empresario proporciona ahora indirectamente tanto empleo como el que en su momento dejó de proporcionar directamente.

Pero aquí no acaba ni puede acabar la cosa. Si nuestro empresario textil sale ganando con su máquina, entonces sus competidores tendrán que empezar también a comprarlas, pues de lo contrario no podrán competir con él. De nuevo, más trabajo para los productores de las máquinas. Además, esta competencia y producción forzarán a la baja el precio de los abrigos. Ya no habrá grandes ganancias para quienes adopten las nuevas máquinas. Las tasas de beneficios de los fabricantes mecanizados se irán reduciendo, mientras que los no mecanizados dejarán de tener beneficio alguno. En otras palabras, los ahorros irán transfiriéndose cada vez más a los compradores de abrigos, es decir, a los consumidores.

Como los abrigos son ahora más baratos, sus ventas aumentarán. Eso significa que, aunque ahora se requieran menos trabajadores para hacer un abrigo, se fabrican ahora más abrigos que antes. Si la demanda de abrigos es lo que los economistas llaman “elástica”, es decir, si una bajada del precio de los abrigos conlleva un aumento de la cantidad total de dinero que los consumidores se gastan en abrigos, entonces es bien posible que la introducción de maquinaria lleve a un aumento en el número total de operarios empleados en la confección de abrigos. Como hemos visto antes, esto fue lo que ocurrió históricamente en la industria de la media y otros productos textiles.

Pero este nuevo empleo ni siquiera depende de la elasticidad de la demanda del producto. Supongamos que, aunque el precio por abrigo ha bajado de 50 a 30 dólares, las ventas de abrigos se han quedado igual. El resultado es que los consumidores tienen los mismos abrigos nuevos que antes, pero ahora cada comprador dispone de 20 dólares adicionales que no habría tenido antes. Por consiguiente, estos $20 serán ahora gastados en otra cosa, generando empleo en otros sectores. Así pues, haciendo balance, no es cierto que las mejoras tecnológicas y de eficiencia causen desempleo.

Por supuesto, no todos los descubrimientos e invenciones ahorran trabajo. Algunos, como los instrumentos de precisión, el nylon, la lucita, el contraplacado y los plásticos, simplemente mejoran la calidad de los productos. Otros, como el teléfono y el avión, hacen cosas que los humanos nunca podrían hacer por sí solos. Otros incluso crean objetos y servicios, como los rayos X, las radios y el caucho sintético, que no existirían de otra forma. Pero la máquina del ejemplo previo es justamente el tipo de invención a la que suelen dirigirse los ataques de los tecnófobos modernos.

Desde luego, el argumento de que la maquinaria no genera desempleo neto puede llevarse demasiado lejos. Por ejemplo, a veces se afirma que las máquinas crean más empleo del que habría existido de otra forma. Esto puede ser cierto en algunos casos. Sin duda pueden crear muchísimos más puestos de trabajo en ciertos sectores. Las cifras de la industria textil en el siglo XVIII lo corroboran. Y no menos contundentes son sus equivalentes modernos.

“En 1910, el recién creado sector del automóvil empleaba a 140.000 personas en Estados Unidos. En 1920, habiéndose mejorado el producto y reducido su coste, el sector empleaba a 250.000 personas. En 1930, siendo el producto aún mejor y más barato, el empleo en el sector era de 380.000. En 1940 había subido a 450.000. También en 1940, la manufactura de frigoríficos eléctricos ocupaba a 35.000 personas, mientras que 60.000 producían radios. Así ha sucedido en todos los nuevos sectores a medida que las invenciones mejoraban en calidad y bajaban de precio.

Existe un sentido en el que puede afirmarse rotundamente que las máquinas han aumentado enormemente el número de puestos de trabajo. La población mundial se ha triplicado desde mediados del siglo XVIII, antes de que se abriera camino la Revolución Industrial. Sin máquinas, la producción mundial no habría podido sostener ese aumento de la población. Por consiguiente, dos de cada tres personas debemos a las máquinas no sólo nuestros empleos, sino también nuestras vidas.

Sin embargo, nos equivocaríamos si pensáramos que la función primordial de las máquinas es la creación de empleo. El efecto real de la máquina es incrementar la producción, subir el nivel de vida, aumentar la prosperidad. Emplear a todo el mundo es fácil, incluso (o especialmente) en las economías más primitivas. El pleno empleo (muy pleno, de largas y extenuantes jornadas de trabajo para todos) es característico precisamente de las naciones industrialmente menos avanzadas. Donde el empleo ya es pleno, ninguna máquina, descubrimiento o invento va a crear más empleo, a menos que la población aumente. Bajo estas condiciones, es más probable que las máquinas generen desempleo (pero ahora no se trata de desempleo involuntario, sino voluntario): ahora la gente puede permitirse el lujo de trabajar menos horas, y niños y ancianos ya no tienen que trabajar para sobrevivir.

Lo que hacen las máquinas, repitámoslo, es aumentar la producción y el nivel de vida. Lo hacen de una de dos maneras: disminuyendo los precios para los consumidores (como en nuestro ejemplo de los abrigos) o subiendo los sueldos de los trabajadores (pues las máquinas los hacen más productivos). En otras palabras, o bien suben los salarios, o bien, al bajar los precios, sube el poder adquisitivo de esos salarios. A veces ocurren ambas cosas a la vez. Lo que suceda concretamente dependerá en buena parte de la política monetaria del país. En cualquier caso, las máquinas, inventos y descubrimientos aumentan los salarios reales.

Es necesaria una advertencia antes de dejar este tema. El gran mérito de los economistas clásicos fue que estudiaron los efectos secundarios de cada política o desarrollo económico, analizando los efectos a largo plazo y sobre todos los miembros de la comunidad. Sin embargo, estos economistas, al adoptar la visión larga y amplia, se olvidaron a veces de adoptar también la visión particular y corta. Demasiado a menudo minimizaron u omitieron completamente los efectos inmediatos sobre grupos concretos. Hemos visto, por ejemplo, que los tejedores ingleses sufrieron verdaderas tragedias tras la introducción de los nuevos telares para medias, una de las primeras invenciones de la Revolución Industrial.

No obstante, estas tragedias y sus contrapartidas modernas han llevado a algunos autores al extremo opuesto de considerar solamente los efectos inmediatos sobre ciertos sectores. Pepe Herrera pierde su empleo por la introducción de una nueva máquina. “Fíjense en Pepe Herrera”, insisten esos autores. “Nunca olviden a Pepe Herrera”. Pero el problema es que se fijan solamente en Pepe Herrera, olvidando a Jesús García, recién contratado para manufacturar las máquinas, y a Roberto López, empleado para operar una, y a Marga González, a quien los abrigos le cuestan ahora la mitad que antes. Y como sólo piensan en Pepe Herrera, estos autores acaban promulgando políticas absurdas y reaccionarias.

Sí, debemos recordar a Pepe Herrera. Ha perdido su trabajo por la nueva máquina. Quizá Pepe pueda recolocarse fácilmente, y hasta obtener un puesto mejor. Pero también es posible que Pepe haya dedicado buena parte de su vida a especializarse en algo que ya no interesa a nadie. Pepe ha perdido su inversión en sí mismo, en su vieja especialidad (del mismo modo que su ex-jefe, tal vez, haya perdido su inversión en viejas máquinas y procesos que ahora, de repente, se han quedado obsoletos). Pepe era un especialista y era pagado como tal. Ahora, de golpe, vuelve a ser un obrero no especializado, pues su pericia de nada sirve ya. No debemos olvidar a Pepe. La suya es una de las tragedias personales que, como veremos, suelen acompañar al progreso industrial y económico.

La cuestión de qué debe hacerse con Pepe (dejarlo que se adapte o pagarle indemnización por despido, compensación por desempleo, ayuda estatal o formación laboral) va más allá del tema de este capítulo. La lección central es que debemos tener en cuenta todas las consecuencias importantes de una determinada política o desarrollo económico: los efectos inmediatos sobre grupos especiales, y los efectos a largo plazo sobre todos los grupos. (…)