Publicado por James Corbett el 14 de mayo del 2016

Traducido por Francesc Garcia-Gonzalo (original inglés aquí)


Iba a llamar este artículo “Guía de Supervivencia para el Planeta Tierra”. La guía iba a incluir algunos consejos que mi hija recién nacida pueda leer cuando crezca. Algo así como “no aceptes monedas de madera” para mentes despiertas anti-globalistas.

Nos podemos imaginar algunos de los puntos de esa guía:

  • Asume siempre que los políticos te están mintiendo.
  • Nunca te creas ciégamente lo que te cuentan los medios de comunicación.
  • Si ves a un banquero central, acompáñale amablemente a la celda más cercana.

Os hacéis la idea.

Pero la otra noche recibí un correo electrónico de un oyente llamado David Skripac. Me escribió para felicitarme por el nacimiento de mi segundo hijo:

Como probablemente ya sepas, tener dos hijos sanos y maravillosos te convierte en la persona más afortunada del mundo. Ninguna suma de dinero podría jamás reemplazar el regalo que acabas de recibir. Si esto fuera mejor comprendido por más gente, el mundo sería un lugar mucho mejor.

Menos de 24 horas después, mi mejor amiga me escribió diciéndome que su amiga acababa de abortar. Era su primer embarazo y ella y su pareja llevaban meses intentando concebir.

Es increíble todo lo que damos por sentado. Cuando te estás cayendo de agotamiento a las tres de la mañana mientras sostienes a un bebé que llora y no se duerme, resulta fácil olvidar que allí mismo, envuelto en tus brazos, está el mayor regalo de todos: un niño sano.

Y no sólo damos por sentados nuestros mayores regalos. Lo hacemos con todo. ¿Acaso te has despertado esta mañana agradecido por tu buena salud? Feliz de saber que tus amigos y seres queridos están bien? Alegre ante la idea de que tienes comida en la nevera y un techo sobre tu cabeza? Por supuesto que no. Nadie lo hace. Bordearía la locura estar conscientemente agradecido por todo lo bueno de tu vida en todo momento. Sin embargo, a menudo corremos el riesgo de caer en el extremo opuesto: pensamos sólo en nuestros problemas y en las cosas que odiamos.

Esta no es una observación trivial. Estamos programados para detectar el peligro y responder ante él. Es instintivo y así es como tiene que ser. Vivimos en un mundo peligroso y nuestra línea familiar no habría llegado hasta aquí si no fuese por su eterna vigilancia frente a potenciales amenazas.

Pero centrarse siempre en las amenazas puede llevarnos por el mal camino. Especialmente frente al pesimismo reinante en muchos medios de comunicación alternativos, es fácil enfocarse en lo negativo y olvidar por qué creemos que vale la pena defender la verdad y la justicia. Puede incluso olvidársenos que estamos a favor de nada en absoluto, recordando sólo aquello contra lo que luchamos: Contra nuestros enemigos. Contra políticos, banqueros, globalistas, estafadores, psicópatas. Pero, al igual que el veterano de guerra que no puede quitarse las batallas de su cabeza, o el detective que ve en todo el mundo una potencial víctima (o potencial asesino), esta perspectiva empieza a arruinar nuestra percepción del mundo hasta que olvidamos por qué nos metimos en esta lucha originalmente.

Por desgracia, este no es un problema hipotético. Cada semana me llegan docenas de correos electrónicos de gente amedrentada, enfadada y al borde de la desesperación, preguntándome cómo me las arreglo para seguir haciendo este trabajo dada la magnitud del mal al que nos enfrentamos. La respuesta es tan simple que no estoy seguro de que pueda ser enseñada, sólo percibida. En resumen, la respuesta es que amo mi vida. Amo a mi familia y amigos, amo ver pasar las nubes en una plácida tarde de verano, leer un buen libro, oír el sonido de la risa de mi hijo y, sí, oír también el llanto de mi hija. El llanto de un bebé sano y que crece. Eso es lo que me importa. Me importa porque la vida vale la pena vivirla, y veo que en el fondo la mayoría de personas somos iguales: lo que queremos es disfrutar de nuestras familias, de nuestros amigos, y de nuestro tiempo en este planeta. Yo no lucho contra los poderes que no deberían ser. Lucho por todas las cosas de este mundo que vale la pena salvar.

Todo esto es emocionante y filosófico pero afortunadamente tengo también un consejo práctico muy simple: Tómate un poco de tiempo cada semana para ser conscientemente agradecido. Podrías por ejemplo escribir un diario de gratitud una vez a la semana. O escribir notas de agradecimiento a personas que te han ayudado. O contar tus bendiciones. O simplemente tomarte un momento para apreciar aquellas cosas que te gustan de tu vida.

Puede sonar trivial o sin importancia, pero no lo es. Estudios demuestran que las personas que se toman un tiempo una vez por semana para expresar conscientemente su agradecimiento son más felices, más optimistas y más capaces de lidiar con el estrés en sus vidas.

Esta es la primera cosa que quiero enseñarle a mi hija. No cómo odiar a políticos, medios de comunicación o banqueros, sino cómo amar lo bueno que tiene justo debajo de su nariz. Ya habrá tiempo suficiente para enseñarle historia, política, economía, terror de falsa bandera, banca central, despoblación y toda la maldad. Pero si queremos ser capaces de funcionar en este mundo, primero debemos aprender a apreciar lo que tenemos.

Hoy por primera vez he sacado a mi hija a pasear. Por primera vez ha respirado la brisa primaveral y sentido el sol en su cara. Ha llorado, se ha dormido, y luego ha vuelto a llorar mientras mi hijo jugaba con el niño del vecino, sus gritos de emoción en sus juegos de infancia haciendo eco por la calle.

Hoy ha sido un buen día.