Capítulo 6 del libro “The Problem with Socialism“, de Thomas Di Lorenzo.

Traducción de Francesc Garcia Gonzalo. Para las notas, ver el original.


Pocas palabras del inglés tienen una connotación tan negativa como “fascismo”. La palabra evoca los horrores de la Alemania nazi, el imperialismo japonés de la primera mitad del siglo XX, y a Mussolini, el dictador italiano aliado de Hitler. Después de la Segunda Guerra Mundial, el dictador socialista soviético Joseph Stalin, con ayuda del movimiento socialista internacional, perpetró un golpe propagandístico repitiendo la noción de que el fascismo era la única alternativa real al socialismo ruso. El liberalismo clásico, con su énfasis en la libertad individual, economía de libre mercado, paz y constitucionalismo, fue tratado como si nunca hubiese existido. Es más, se lo asimiló a uno de sus más mortíferos enemigos, el fascismo. Como hemos visto, a los socialistas nunca les ha importado demasiado no decir la verdad.

Hitler y Mussolini (Italia, 1938).

La verdad es que el fascismo siempre ha sido un tipo de socialismo. Benito Mussolini, fundador de la Italia fascista, fue un socialista internacional antes de ser un socialista nacional, siendo esto último la esencia del fascismo. Al socialismo nacionalista no le importaba dejar sobrevivir a empresas privadas, siempre y cuando éstas fueran controladas por políticas y subsidios gubernamentales. A esta forma de control socialista la llamamos ahora “capitalismo de amiguetes”, donde el gobierno reparte favores a sus amigos en lugar de permitir que opere el libre mercado.

En 2007, la Editorial de la Universidad de Chicago publicó Camino de Servidumbre como el segundo volumen de Las Obras Completas de F.A. Hayek, editadas por el economista Bruce Caldwell [1]. Esta versión del libro contiene varios apéndices, incluyendo un ensayo que Hayek escribió en 1933 titulado Socialismo Nazi. “En general, el carácter socialista del nacional socialismo [nazismo] ha pasado desapercibido”, escribió Hayek [2]. Los empresarios alemanes que apoyaron al partido nazi fueron increíblemente miopes, dijo Hayek, pues no reconocieron el omnipresente anti-capitalismo que albergaba el corazón nacional socialista.

Friedrich von Hayek (1899-1992).

Refiriéndose a las políticas económicas del partido nazi (en contraposición a su militarismo y anti-semitismo), Hayek señaló que la plataforma política nazi estaba “llena de ideas parecidas a las de los primeros socialistas” [3]. El rasgo dominante, dijo, era el odio feroz a todo lo capitalista: “la búsqueda de beneficios individuales, las grandes empresas, los bancos, las sociedades de accionistas, los grandes almacenes, las finanzas internacionales, el capital de préstamo, el sistema de “esclavitud del interés”, etc.” [4].

Hayek describió el programa político nazi como un “violento ataque anti-capitalista”, lo cual no es nada sorprendente, pues “nadie niega [en 1933] que muchos de los jóvenes que hoy juegan un papel destacado en este movimiento fueron previamente comunistas o socialistas” [5]. Además, la característica común de todos los periodistas alemanes pro-nazis de la época “fue su tendencia anti-liberal y anti-capitalista”. Incluso adoptaron el lema “el fin del capitalismo” como su “dogma aceptado” [6].

Un rasgo distintivo del nacional socialismo alemán, en oposición al socialismo internacional ruso, era que decía ser “socialismo de clase media” en contraposición al socialismo proletario. Hayek señala que todos los “líderes” del fascismo italiano y alemán, “desde Mussolini hacia abajo … comenzaron como socialistas y terminaron como fascistas o nazis” [7].

EL FASCISMO COMO VARIANTE DEL SOCIALISMO

Al igual que todas las variantes del socialismo, la ideología fascista fue ante todo un ataque al liberalismo clásico, la filosofía que subyace al capitalismo, y cuya más clara expresión quizá se encuentre en el libro Liberalismo, escrito por Ludwig von Mises en 1927. Según Mises, los rasgos esenciales del liberalismo clásico son los derechos de propiedad, la libertad, la paz, la igualdad ante la ley, la aceptación de la desigualdad en ingresos y riqueza derivada de la realidad de que cada persona es única, el gobierno constitucional limitado, y la tolerancia.

El socialismo en todas sus variantes no es nada si no es un ataque contra cada uno de estos principios, especialmente contra la propiedad privada. En efecto, “LA ABOLICIÓN DE LA PROPIEDAD PRIVADA” es el sello distintivo de El Manifiesto Comunista. Los ideólogos y propagandistas socialistas tales como Benito Mussolini pasaron años luchando contra los principios del liberalismo clásico y del capitalismo para sentar las bases ideológicas de su propia versión de socialismo. En su libro Fascismo: Doctrina e Instituciones, Mussolini escribió que “La concepción fascista de la vida subraya la importancia del Estado y acepta al individuo sólo en la medida en que sus intereses coinciden con los del Estado… Se opone al liberalismo clásico… [que] negó al Estado en nombre del individuo” (sin cursiva en el original) [9].

Death by Government (R.J. Rummel).

El segundo capítulo de Camino de Servidumbre compara y contrasta las filosofías del colectivismo, que es el socialismo en todas sus variantes, y el individualismo, definido simplemente como respeto al individuo como individuo. Los seres humanos son propietarios de sí mismos, afirma la filosofía individualista, y no deben ser vistos como peones en las partidas de ajedrez que juegan los políticos, ni como “ratas” para los experimentos de los ingenieros sociales. Los socialistas creen exactamente lo contrario. Como expresó el mismo Mussolini: “la máxima de que la sociedad existe sólo para el bienestar y libertad de los individuos que la componen no parece ajustarse a los planes de la naturaleza, que sólo se preocupa de las especies y parece estar dispuesta a sacrificar al individuo” [10]. Esta idea de que los individuos pueden y deben ser sacrificados por “el bien mayor” es la esencia de la filosofía fascista/socialista/colectivista.

Mussolini declaró que las ideas liberales clásicas estaban muertas cuando pontificó que “si el siglo XIX fue el siglo del individuo (liberalismo implica individualismo), somos libres para creer que éste es el siglo del “colectivo”, y por lo tanto el siglo del Estado… Si el liberalismo clásico implica individualismo, el fascismo implica gobierno” [11].

Como Marx y Engels en El Manifiesto Comunista, Mussolini denunció duramente el capitalismo y los mercados libres. Se lamentó de “la búsqueda egoísta de prosperidad material”. Declaró que el fascismo es una “reacción… contra la fláccida concepción materialista de la felicidad”, e imploró a sus audiencias a “rechazar la literatura economicista del siglo XVIII” [12], refiriéndose presuntamente a los escritos de libre mercado de Adam Smith.

Los fascistas italianos y alemanes nacionalizaron muchas, pero no todas, las industrias. Permitieron un grado mucho mayor de propiedad privada que los socialistas rusos, pero la clave era que el negocio privado debía ser fuertemente regulado y reglamentado para favorecer “los intereses de la Nación en su conjunto”, intereses a definir por el gobierno. Como explicó el apologista fascista italiano Fausto Pitigliani: “La función de la empresa privada se evalúa desde el punto de vista del interés público y, por lo tanto, un propietario o director de empresa es responsable ante el Estado de su política de producción” [13].

Así pues, el fascismo italiano fue un asalto a la propiedad y empresa privada, sólo que de forma ligeramente distinta a como lo hizo el socialismo ruso. Ambas formas de socialismo abogaron por una omnipresente planificación gubernamental de la economía y la sociedad. Pitigliani pidió un “plan gubernamental que abarque las armoniosas gradaciones de la vida económica de la nación” [14], sea lo que sea lo que eso signifique, mientras que Mussolini prometió que la planificación centralizada del gobierno “introduciría orden en el campo económico” [15], en contraposición al supuesto “caos” del capitalismo. En consecuencia, el régimen de Mussolini estableció agencias reguladoras gubernamentales que dictaban órdenes a todos los negocios, industrias y sindicatos, todo en nombre de la “coordinación” gubernamental. Así se lograron los objetivos básicos del socialismo—el control gubernamental de los medios de producción—sin tener que quitar a los empresarios de sus puestos. Por supuesto, control gubernamental significa que los contribuyentes pagan la factura. Como escribió el escritor italiano Gaetano Salvemini en su libro Bajo el Hacha del Fascismo: “En diciembre de 1932, un experto financiero fascista… estimó que,  entre 1923 y 1932, el gobierno pagó más de 8.500 millones de liras en ayudas a industrias deprimidas. Desde diciembre de 1932 a 1935 el desembolso debió duplicarse” [16]. La regulación gubernamental masiva y los rescates por parte de los contribuyentes de industrias en problemas significan que el fascismo italiano, como toda forma de socialismo, fue un fracaso económico.

SOCIALISMO NACIONAL ALEMÁN

Los fascistas alemanes, igual que sus rivales italianos y comunistas, llevaron a cabo una implacable campaña propagandística contra el liberalismo clásico y el capitalismo. Uno de los padres intelectuales del fascismo alemán fue Paul Lensch, quien escribió en su libro Tres Años de Revolución Mundial:

Este tipo de gente, que inconscientemente razona mediante estándares ingleses, abarca toda la burguesía alemana. Sus nociones políticas de “libertad” y “derecho civil”, de constitucionalismo y parlamentarismo, derivan de esa concepción individualista del mundo—de la cual el liberalismo inglés es una clásica encarnación—adoptada por los portavoces de la burguesía alemana en los años cincuenta, sesenta y setenta del siglo XIX. Sin embargo, dichos estándares están anticuados y refutados, del mismo modo que se ha refutado el obsoleto liberalismo inglés… Lo que hay que hacer ahora es deshacerse de estas ideas políticas heredadas y ayudar al crecimiento de una nueva concepción del Estado y la Sociedad. En esta esfera, el socialismo también debe presentar una consciente y firme oposición al individualismo [17].

Por “estándares ingleses”, Lensch se refería a las ideas de hombres tales como Adam Smith y John Locke. El fascismo alemán, como todas las ideologías colectivistas, sostenía que los individuos deben servir a “la comunidad”, definida por el Estado. Como Hitler escribió en Mein Kampf: “El Ario no es mejor por sus cualidades mentales como tales, sino por el grado en que está dispuesto a poner todas sus capacidades al servicio de la comunidad… Subordina voluntariamente su propio ego a la Comunidad y, si hace falta, incluso lo sacrifica” [18]. Esta fue la filosofía básica del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (NSDAP), expresada bajo el lema “El Bien Común Antes que el Bien Privado”.

John Locke (1632-1704).

Como Mussolini y los socialistas rusos, Hitler condenó el “hiper-individualismo” en particular y el capitalismo en general. Se decía que el individuo no tiene derechos, sino sólo deberes con el Estado. Así lo expone El Programa Oficial de 25 Puntos del Partido Nazi, publicado en 1925 [19]. Insistía en que “las actividades del individuo no deben chocar con los intereses del conjunto, sino que deben llevarse a cabo en el marco de la comunidad y deben promover el bien general”. Por supuesto, Hitler decidiría para todos los alemanes lo que era “el bien general”. En la Rusia soviética sería Stalin, y en Italia Mussolini. El Programa Nazi anunciaba: “Exigimos guerra despiadada contra todos aquellos cuyas actividades se opongan al interés común”. Esto incluía a “usureros” y “especuladores” que “deben ser castigados con la muerte…”.

El Programa Nazi condenaba a la banca privada pidiendo “la abolición de la esclavitud de los intereses”, pedía la socialización de la tierra “sin compensación” y la “prohibición de toda especulación con la tierra”. El Programa Nazi declaraba: “Exigimos la educación de… los niños… pagada por el Estado”. Todas las escuelas debían convertirse en academias de adoctrinamiento nacional socialista.

Los judíos fueron señalados como la personificación del odiado y despreciado sistema capitalista que los nazis querían destruir. “El partido… combate el espíritu judeo-materialista tanto dentro como fuera nuestro, y está convencido de que nuestra nación sólo puede lograr una salud permanente desde su interior siguiendo el principio: el interés común antes que el propio”. Entre las otras “exigencias” estaban “la abolición de los ingresos no ganados”, “la ruptura de la esclavitud de la deuda”, “la nacionalización de todas las industrias asociadas”, y “una expansión a gran escala del bienestar para la vejez”. Los niños debían ser adoctrinados en la filosofía socialista “desde que empezaran a ser capaces de entender”, y los medios debían estar bajo estricto control gubernamental para evitar la difusión de “conocidas mentiras” sobre el fascismo. Sin duda no había nada de capitalista en todo esto.

Gran parte de esto se halla también en El Manifiesto Comunista, lo cual no es sorprendente, ya que, como señaló Hayek, todos los primeros teóricos fascistas eran ante todo socialistas o habían sido comunistas. El Manifiesto Comunista, publicado en 1848, contiene un decálogo que pide la abolición de la propiedad privada de la tierra y la nacionalización de la industria. Los fascistas alemanes e italianos no abolieron toda la propiedad privada ni nacionalizaron todos los medios de producción, pero los alemanes nacionalizaron cerca de la mitad de la economía alemana, según Hayek, y luego tomaron control del resto mediante una extensiva y generalizada regulación y regimentación de toda la industria y agricultura, tal como se había hecho en Italia bajo Mussolini.

El Manifiesto Comunista también promulga la “Centralización del crédito en los bancos del Estado”, cosa que los nazis hicieron, así como el control gubernamental de “los medios de comunicación”. El Programa Nazi y El Manifiesto Comunista exigían la “obligación” de todos de ocupar puestos de trabajo aprobados o prescritos por el Estado. Y por supuesto ambos abogaron por su versión de lo que El Manifiesto llamó “Educación gratuita para todos los niños en escuelas públicas”. El sistema educativo tenía que ser nacionalizado y centralizado para evitar las críticas al socialismo, comoquiera que se definiese.

Another Brick in the Wall.

Quizás la mayor similitud entre el socialismo ruso, italiano y alemán del siglo XX fue la creación de un Estado burocrático altamente centralizado que erradicó el poder político regional y local. Como se afirma en el vigésimo quinto y último punto del Programa del Partido Nazi, “exigimos la formación de un poder central fuerte en el Reich” junto con “autoridad ilimitada del parlamento central sobre todo el Reich…”.

Los socialistas de todas las variedades no toleran ninguna oposición, ninguna otra autoridad, y están en guerra continua contra individuos, familias, organizaciones privadas, iglesias, empresas, y autoridades locales y regionales que puedan oponerse o interferir con su gran visión de restructuración de la sociedad. Los socialistas creen en el control total. Quieren controlarte a ti.