Artículo de Larken Rose (original inglés aquí)

Traducido por Francesc Garcia-Gonzalo


Las dos primeras partes de esta serie abordaron una serie de patentes falsedades que se nos han inculcado en relación al poder político (“gobierno representativo”, “consentimiento de los gobernados”, etc.). Pero además de exponer y refutar dichos mitos uno a uno, hay una manera de demoler toda la idea de “gobierno” civil, con todo lo que le acompaña.

Todos los programas de radio y televisión sobre “legalidad” y “crimen”, todas las cabezas parlantes charlataneando sobre “política pública”, todos los artículos sobre quién debe estar en el poder y qué debe hacer con él, todos los libros, facultades y tribunales de “leyes”, etc. (en una palabra, todo lo relacionado con “política”) es demostrablemente irracional, artificial, absurdo, falso e inválido. Y demostrarlo es bastante fácil.

Todas estas discusiones y disputas se basan en un solo concepto: la “autoridad” política. Debe quedar claro que la “autoridad” a la que nos referimos aquí, el tipo de “autoridad” que no puede existir, es el derecho moral a gobernar. La palabra “gobierno” implica legitimidad. La diferencia entre “gobierno” y cualquier otra banda organizada de malhechores o pandilla callejera es que la mayoría de las víctimas de la coacción y extorsión “gubernamentales” ven su propia victimización como “legal”, válida e incluso necesaria. Los mitos abordados anteriormente son ejemplos de la retórica y propaganda usada para entrenar a la gente a ver su propia subyugación como algo bueno y correcto, y a ver la desobediencia a sus agresores como “ilegal”, “criminal” e inmoral.

Sin embargo, la noción misma de “gobierno” se basa por completo en mentiras y distorsiones. A continuación se presentan varias pruebas independientes de que la “autoridad” política legítima no existe, nunca ha existido y jamás podrá existir. Estas demostraciones son tan simples y obvias que deberían ser de perogrullo. Sin embargo, muchos años de adoctrinamiento autoritario (por parte de escuelas, padres, medios de comunicación y la clase política) hacen que para la mayoría de gente sea muy difícil comprender la simple realidad de la situación.

1 – La delegación de poderes

No importa cuán sofisticados o participativos sean los documentos y rituales en cuestión (constituciones, peticiones, elecciones, legislación, nominaciones, resoluciones, etc.), es evidente que las personas no pueden delegar derechos que no poseen. Por ejemplo, diez personas que carecen del derecho moral de asesinar y robar a otros no pueden de ninguna manera dar ese derecho a otra persona. Y los números implicados son irrelevantes. Un millón de personas (o mil millones) no pueden, por cualquier medio o mecanismo, delegar a otra persona un derecho que ninguna de esas personas tiene, del mismo modo que no podrían darle a nadie una manzana si ninguno de ellos tuviera ninguna manzana que dar. Esta simple verdad, por sí sola, destruye incluso la posibilidad de un “gobierno” legítimo, ya que toda clase dominante dice tener derecho a hacer cosas que la gente normal no tiene derecho a hacer, a la vez que afirma derivar esos derechos de la propia gente (a través de elecciones, por ejemplo). Reiterando, las excusas con que se justifica la creencia en el “Derecho Divino de los Políticos” (la esencia del estatismo) son más sofisticadas, pero no más racionales, que las viejas excusas para justificar el “Derecho Divino de los Reyes.”

2 – La alteración de la moralidad

Para que las “leyes” del “gobierno” sean válidas, se requiere lógicamente que los rituales legislativos llevados a cabo por meros mortales puedan alterar realmente la moralidad. Si “obedecer la ley” es inherentemente bueno e “incumplir la ley” es inherentemente malo, entonces cada vez que algún comportamiento es declarado ilegal la moral cambia. Por ejemplo, si un día una legislatura prohíbe la posesión privada de cierto tipo de arma, en el paradigma autoritario eso significa que cierta acción era perfectamente aceptable un día, pero al día siguiente pasa a ser mala y “criminal”, hasta el punto de justificar el secuestro y enjaulamiento de quien “violó la ley”. Esto sólo podría ser cierto si los legisladores tuviesen la capacidad de alterar la moral, de hacer que lo correcto se vuelva incorrecto y que el bien se vuelva mal, y viceversa. Dado que los políticos son meros mortales (y no precisamente de los más honestos y fiables), esto es imposible.

demonstration

3 – La obligación de obedecer

El derecho de las legislaturas a gobernar implica lógicamente la obligación de los sujetos a obedecer. Pero cuando los mandatos de una supuesta “autoridad” van en contra de la propia conciencia y juicio moral de un individuo, entonces una de dos: o bien el individuo tiene la obligación moral de “violar la ley” y desobedecer a la “autoridad” para hacer lo que él considera correcto, o bien tiene la obligación moral de obedecer, aunque ello implique hacer algo que él considera moralmente incorrecto. Esta última opción es totalmente esquizofrénica e irracional. La locura inherente a la misma se revela al expresarla llanamente: “Si la autoridad así lo ordena, debes sentirte moralmente obligado a hacer lo que te sientes moralmente obligado a no hacer”. Independientemente de cómo uno establezca lo correcto e incorrecto, y por muy defectuosas que sean las percepciones o juicios morales de un individuo, es lógicamente absurdo decir que esa persona debe sentirse moralmente obligada a hacer lo que ella considera moralmente incorrecto. Y sin embargo, eso es exactamente lo que hace falta creer para sentir que uno cumple con su “gobierno” o con cualquier otra “autoridad” externa.

En conclusión, el debate sobre cuán grande debería ser y cómo debería actuar el “gobierno” no es más racional o útil que debatir cómo los unicornios voladores mágicos pueden resolver todos los males de la humanidad. Tampoco tiene sentido hacer predicciones sobre lo horrible que sería todo si no existieran los unicornios voladores mágicos. Las alucinaciones no pueden resolver problemas del mundo real. La “autoridad” política no es real. Nunca lo ha sido. Y si la humanidad comprendiera eso, y cambiara sus percepciones y acciones en consecuencia, la injusticia y el sufrimiento en el mundo disminuirían drásticamente.

(P.S. Este tema se aborda en más detalle en mi libro “La superstición más peligrosa“)

The most dangerous superstition