Artículo de Larken Rose

Traducción de Francesc Garcia-Gonzalo (original inglés aquí)


Una de las diferencias fundamentales entre capitalismo y comunismo es la diferencia entre “propiedad colectiva” y “propiedad privada”. La pregunta se reduce a si los bienes deberían ser propiedad de individuos, o bien propiedad de todos en común. Sin embargo, esta pregunta se basa en un malentendido básico.

sandwichSer el “propietario” de algo significa tener el derecho exclusivo de decidir qué se hace con esa cosa. Si soy el “dueño” de un sándwich, si es mío, entonces puedo elegir comerlo, guardarlo para más tarde, regalarlo, cambiarlo por otra cosa (si alguien más lo quiere), dárselo de comer a las palomas, tirarlo al barro, etc. Es mi elección y solamente mía. Nadie más tiene derecho a hacer ninguna de esas cosas con mi sándwich sin mi permiso. Eso es lo que significa ser el “dueño” de algo. El concepto es bastante simple.

Sin embargo, la aplicación de esa definición a la “propiedad colectiva” es problemática tanto a nivel conceptual como en la práctica. Si diez personas dicen ser los dueños “colectivos” de un sándwich: ¿Cómo se entiende eso? Es obvio que los diez individuos no pueden todos a la vez tener el derecho exclusivo de decidir qué hacer con el sándwich. Si las diez personas votan sobre qué hacer con él, entonces los perdedores de la votación de “propietarios” no tienen nada. Y si el sándwich se corta en diez pedazos y se reparte entre todos, entonces ninguno es dueño del sándwich entero, sino que cada individuo se convierte en amo de su propio pedazo.

Incluso en el caso más simple, si dos personas quieren una cosa, y la quieren para distintos fines, entonces hay un conflicto. Sería absurdo decir que ambos son “dueños”, pues eso implicaría que cada uno tiene el derecho exclusivo de decidir qué le sucede a la cosa. Si llegan a un acuerdo muy bien, pero si cada uno necesita el permiso del otro para usar la cosa, entonces ninguno de ellos realmente es el “amo”. Así pues, las expresiones “propiedad colectiva” o “propiedad conjunta” (con sólo dos personas) carecen de sentido.

Por supuesto, la gente puede entrar en acuerdos voluntarios. Por ejemplo, dos personas pueden cooperar para construir un barco, con el acuerdo de que se turnarán para usarlo. Pero ninguno de ellos es realmente el “propietario”, en tanto que en su “turno” no pueden decidir venderlo a otro, o cortarlo para leña. La realidad y la lógica dictan que ambos no pueden tener la “última palabra” en lo que se hace con el barco.

famineEn lugar de dos personas y una cosa, expande ahora el problema a todas las personas y todas las cosas: la imposibilidad del comunismo real (donde supuestamente el “colectivo” es el amo de todo) se hace evidente al instante. Decir que todo el mundo es el dueño de algo equivale a decir que nadie lo es, pues es absurdo sostener que todos tenemos el derecho exclusivo de decidir sobre ese bien. La razón por la que el comunismo suele conducir a la violencia es que, cuando a nadie se le reconoce el derecho exclusivo a decidir cómo usar algo, entonces todo el mundo se cree con igual derecho a usarlo a su manera. Y eso da lugar a discusiones sobre quien lo “necesita” más (al estilo de: a cada cual según su necesidad…).

Inevitablemente, siempre que exista una “propiedad colectiva” (a veces llamada “propiedad pública”), algún individuo o grupo, alegando actuar en nombre del “pueblo”, reclamará el derecho a decidir cómo usar las cosas “para el bien común”. Pero si esas personas son las que deciden, entonces, bajo cualquier definición sensata del término, ellos son los dueños de todo. Y eso significa control centralizado por la fuerza, así como propiedad centralizada de todo (aunque ellos no lo llaman así).

(La cosa viable más parecida a la “propiedad pública” se conoce como “los comunes”, donde la gente de una zona comparte ciertos recursos, como por ejemplo un suministro de agua o un puerto. En estos casos, nadie es el “dueño” del recurso en tanto que nadie tiene derecho a hacer con él lo que quiera. Todos pueden utilizarlo y extraer de él bienes de los que se pueden adueñar siempre que ello no impida que otros sigan beneficiándose del recurso común. Pero incluso ese caso óptimo lleva asociado el fenómeno conocido como “la tragedia de los comunes”, donde los individuos tienen el incentivo de extraer lo máximo posible para ellos mismos de “los comunes”, no sea que otros se lo lleven antes.)

soviet_famineA pesar de toda la vacua retórica colectivista que se encuentra en los documentos fundacionales de la Unión Soviética, la China comunista y Corea del Norte (por nombrar sólo algunos casos), la realidad es que las clases dominantes de estos regímenes son dueñas de todo, pues deciden cómo se distribuye y utiliza todo. No existe ni puede existir un lugar donde “el pueblo” en su conjunto sea el amo de nada. Suena bien, hasta que lo piensas y te das cuenta de lo obviamente ridícula que es tal idea.

La propiedad real depende plenamente de quién tiene la última palabra sobre cómo se usa algo. Los eufemismos, retórica agradable y terminología inexacta no cambian la realidad. Lo que se denomina “propiedad pública” no es más que “propiedad del gobierno”. Si lo dudas, trata de acampar en medio del parque “público” local y, cuando los portadores de insignias vengan a desalojarte por la fuerza, explícales que tú eres parte del “público”. A ver qué tal te va. Aprenderás que tu palabra no cuenta en absoluto a la hora de decidir cómo se usa esa tierra, lo cual significa que de propietario de la misma no tienes nada. Y poder rogar a los verdaderos propietarios (los políticos) que por favor hagan algo diferente no te convierte en el “dueño parcial” de nada.

soupAnálogamente, puedes pedirle a tu vecino que haga algo diferente con sus pertenencias, pero como es él quien toma esa decisión, eso no te hace a ti dueño de nada. Y lo mismo ocurre en cualquier colectivo, incluyendo a un grupo supuestamente “anarcocomunista”. Quienquiera que tenga la última palabra, él es el dueño, independientemente de la retórica que se utilice.

Y una situación en la que nadie tiene la última palabra suele degenerar en violencia: quienquiera que tome el control de algo por la fuerza “gana”, pues nadie considera que haya ninguna otra persona con una reivindicación más legítima sobre esa cosa. Por eso el respeto a la propiedad privada es esencial para una sociedad pacífica. Si todo el mundo (o al menos casi todo) reconoce que Carl tiene la última palabra sobre lo que le acontece al camión de Carl, y que Betsy tiene la última palabra sobre lo que se hace con la silla de Betsy, etc., entonces la convivencia pacífica es fácil. Pero fingir que se trata de “el camión de todos” y “la silla de todos” invariablemente llevará a conflictos, confusiones y luchas, a menudo violencia. Por supuesto, el legítimo dueño de algo puede compartirlo, regalarlo, prestarlo a otros, etcétera. Pero eso sólo funciona si todo el mundo reconoce que, en última instancia, es el propietario quien decide si eso sucede o no.

skeletonsEn conclusión, en una sociedad que entiende y respeta el concepto de “propiedad privada” individual, la gente sabe quién tiene la última palabra sobre cada cosa, y cada persona tiene el derecho exclusivo de decidir qué hacer con lo que le pertenece. Por contra, cuando se intenta organizar la sociedad mediante comunismo y “propiedad colectiva”, nadie sabe quién decide cómo se usa nada; nadie tiene la última palabra. Por ello tal sociedad nunca se asienta, nunca es predictible, nunca estable, y nunca pacífica.

En resumen, el comunismo es la “filosofía” de las cucarachas y ratas de alcantarilla: “lo que deseo, lo necesito; lo que necesito, tengo derecho a tenerlo; y lo que tengo derecho a tener, tengo derecho a agarrar”. Y pretender que esas ideas son nobles y progresistas no las hace más eficaces o legítimas, ni hace más agradable el resultado de aplicarlas.

(…estad atentos a la Parte 3)