Apéndice I de “State of Fear” (Michael Crichton, 2004).

Traducción de Francesc Garcia Gonzalo.


Imagínate que hay una nueva teoría científica que advierte de una crisis inminente, para la cual ofrece una solución.

Esta teoría rápidamente atrae el apoyo de los principales científicos, políticos y famosos de todo el mundo. La investigación es financiada por distinguidas organizaciones filantrópicas y se lleva a cabo en prestigiosas universidades. Los medios de comunicación informan con frecuencia de la crisis. La ciencia se enseña en las aulas de universidades e institutos de secundaria.

No me refiero al calentamiento global. Estoy hablando de otra teoría, que se hizo muy popular hace un siglo.

Sus partidarios incluyeron a Theodore Roosevelt, Woodrow Wilson y Winston Churchill. La respaldaron los magistrados del Tribunal Supremo Oliver Wendell Holmes y Louis Brandeis, quienes dictaminaron a su favor. Entre los personajes famosos que le dieron su apoyo estaban Alexander Graham Bell (inventor del teléfono), la activista Margaret Sanger, el botánico Luther Burbank, Leland Stanford (fundador de la Universidad de Stanford), el novelista H.G. Wells, el dramaturgo George Bernard Shaw y cientos de otros. La apoyaron varios ganadores del Premio Nobel. La investigación fue financiada por las Fundaciones Carnegie y Rockefeller. El Instituto de Cold Spring Harbor fue creado para llevar a cabo esta investigación, parte importante de la cual también se desarrolló en Harvard, Yale, Princeton, Stanford y Johns Hopkins. Se pasó legislación para abordar la crisis en estados desde Nueva York a California.

La Academia Nacional de Ciencias, la Asociación Médica Americana y el Consejo Nacional de Investigación respaldaron estas iniciativas. Se dijo que si Jesús estuviera vivo, las habría apoyado.

La investigación, legislación y moldeo de la opinión pública en torno a esta teoría se prolongaron casi medio siglo. Se mandó callar a quienes se opusieron a la teoría, llamándoseles reaccionarios, ciegos a la realidad, o simplemente ignorantes. Pero en retrospectiva lo que sorprende es que fueran tan pocos los que objetaron.

Hoy en día sabemos que esta teoría tan respaldada y famosa era en realidad pseudociencia. La crisis de la que advertía era inexistente. Y las acciones llevadas a cabo en nombre de esta teoría fueron moral y criminalmente malvadas. En última instancia, llevaron a la muerte de millones de personas.

La teoría era la eugenesia, y su historia es tan espantosa (y para quienes participaron, tan embarazosa) que raramente se habla de ella. Sin embargo es una historia que todos deberíamos conocer bien, para que sus horrores no se repitan.

La teoría de la eugenesia postulaba una crisis del acervo génico, resultando en el deterioro de la raza humana. Los mejores seres humanos se estaban reproduciendo más despacio que sus inferiores (extranjeros, inmigrantes, judíos, degenerados, ineptos y “mentalmente débiles”). Francis Galton, un respetado científico británico, especuló por primera vez sobre estos temas, pero sus ideas fueron llevadas mucho más allá de lo que él pretendía. Fueron adoptadas por estadounidenses de mentalidad científica, así como por otros cuya principal preocupación era la inmigración de razas inferiores a comienzos del siglo XX: “peligrosas plagas humanas” que representaban “la creciente marea de imbéciles” que estaba contaminando lo mejor de la raza humana.

Los eugenistas e inmigracionistas unieron fuerzas para poner fin a todo esto. El plan consistía en identificar individuos mentalmente débiles (incluyendo no sólo a judíos sino también a muchos extranjeros, y a los negros), e impedirles reproducirse a base de aislarlos en instituciones o de esterilizarlos.

Como dijo Margaret Sanger: “Ayudar a quienes no valen para nada a expensas de los buenos es una crueldad extrema … no hay peor maldición para la posteridad que la de legarle una creciente población de imbéciles”. Habló de la carga que supone cuidar de “este lastre de residuos humanos”. Tales puntos de vista eran ampliamente compartidos. H. G. Wells habló en contra de los “mal entrenados enjambres de ciudadanos inferiores”. Theodore Roosevelt dijo que “la sociedad no tiene nada que ganar permitiendo que se reproduzcan los degenerados”. Luther Burbank: “Dejen de tolerar que se reproduzcan criminales y enclenques”. George Bernard Shaw dijo que sólo la eugenesia podía salvar a la humanidad.

Este movimiento era abiertamente racista, ilustrado por textos como La Creciente Marea de Color Contra la Supremacía Mundial Blanca, del autor estadounidense Lothrop Stoddard. Sin embargo, en la época, el racismo era considerado un aspecto poco destacable del esfuerzo por lograr un maravilloso objetivo: la mejora de la futura especie humana. Fue esta noción vanguardista la que atrajo a las mentes más liberales y progresistas de su generación. California fue uno de los veintinueve estados norteamericanos que legalizaron la esterilización, pero fue el más progresista y entusiasta: se llevaron a cabo más esterilizaciones en California que en ninguna otra parte de América.

La investigación eugenésica fue financiada por la Fundación Carnegie y posteriormente por la Fundación Rockefeller. El entusiasmo de esta última era tal que, incluso después de que el centro del esfuerzo eugenésico se trasladara a Alemania e involucrara gasear a individuos en instituciones mentales, la Fundación Rockefeller siguió financiando a investigadores alemanes a un muy alto nivel (la fundación se mantuvo discreta al respecto, pero en 1939, pocos meses antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, aún seguía financiando esta investigación).

Desde los años veinte, los eugenistas americanos envidiaban a los alemanes, quienes les habían arrebatado el liderazgo del movimiento. Los alemanes eran admirablemente progresistas. Establecieron casas, normales en aparencia, donde llevaban a “defectuosos mentales” y los entrevistaban individualmente antes de llevarlos a una habitación trasera, que era en realidad una cámara de gas. Allí los gaseaban con monóxido de carbono, y luego se deshacían de sus cuerpos en un crematorio situado en la propiedad.

Con el tiempo, este programa se amplió para dar lugar a una vasta red de campos de concentración cercanos a líneas de ferrocarril, lo que permitió transportar eficientemente y matar a diez millones de indeseables.

Tras la Segunda Guerra Mundial, nadie era eugenista y nadie lo había sido nunca. Los biógrafos de famosos y poderosos no abundaban en los atractivos de esta filosofía para sus sujetos, y en ocasiones omitían el tema por completo. La eugenesia dejó de estar presente en las aulas universitarias, aunque algunos sostienen que sus ideas perviven de forma camuflada en nuestra sociedad.

En retrospectiva, destacan tres puntos. En primer lugar, pese a la construcción del Laboratorio de Cold Spring Harbor, pese a todos los esfuerzos llevados a cabo en las universidades, y pese a las alegaciones de los abogados, la eugenesia carecía de base científica. De hecho, nadie en la época sabía qué son realmente los genes. El movimiento tuvo viabilidad porque empleaba términos vagos, nunca rigurosamente definidos. “Mentalmente débil” podía significar cualquier cosa desde pobreza y analfabetismo hasta epilepsia. Del mismo modo, tampoco había una definición clara de “degenerado” o “inepto”.

En segundo lugar, el movimiento eugenésico era en realidad un programa social disfrazado de programa científico. Lo impulsaban la preocupación por la inmigración, el racismo, y la llegada al barrio o país propio de gente indeseable. Una vez más, la terminología vaga ayudó a ocultar lo que realmente estaba sucediendo.

En tercer lugar, y lo más angustiante: no hubo ninguna protesta sostenida de los estamentos científicos estadounidenses o alemanes. Todo lo contrario. En Alemania los científicos se alinearon rápidamente con el programa. Investigadores alemanes modernos han revisado los documentos nazis de los años treinta. Esperaban encontrar directrices que indicaran a los científicos qué debían investigar. Pero no hacían falta tales directrices. En palabras de Ute Deichman: “Los científicos, aunque no fueran miembros del partido [nazi], modificaron su comportamiento y cooperaron directamente con el Estado para así obtener más financiación para su trabajo”. Deichman habla del “papel activo de los científicos respecto a la política racial nazi … orientando la investigación a confirmar la doctrina racial … no se puede documentar ninguna presión externa”. Los científicos alemanes ajustaron sus intereses de investigación a las nuevas políticas. Y los pocos que no se ajustaron desaparecieron.

 

Un segundo ejemplo de ciencia politizada tiene un carácter muy diferente, pero ejemplifica los peligros de que la ideología gubernamental controle la labor científica, y de que medios de comunicación acríticos promuevan falsos conceptos. Trofim Denisovich Lysenko era un campesino que se vendía a si mismo y que, según se decía, “resolvió el problema de fertilizar los campos sin fertilizantes ni minerales”. En 1928 afirmó haber inventado un procedimiento, la vernalización, por el cual las semillas eran humedecidas y enfriadas para mejorar el posterior crecimiento de los cultivos.

Los métodos de Lysenko nunca se enfrentaron a ninguna prueba rigurosa, pero su afirmación de que sus semillas tratadas transmitían sus características a la siguiente generación representaba un renacimiento de las ideas lamarckianas en un momento en que el resto del mundo adoptaba la genética mendeliana. Josef Stalin se sentía atraído por las ideas lamarckianas, que implicaban un futuro no encorsetado por limitaciones hereditarias; También quería mejorar la producción agrícola. Lysenko prometió ambos y se convirtió en la niña bonita de los medios de comunicación soviéticos, interesados en historias de campesinos inteligentes que hubiesen desarrollado procedimientos revolucionarios.

Lysenko fue pintado como un genio, y él sacó todo el jugo que su fama dio de sí. Fue especialmente hábil denunciando a sus oponentes. Demostró que la vernalización aumentaba el rendimiento de las cosechas mediante cuestionarios a agricultores, evitando así cualquier examen directo. Su ascenso fue rápido, montado en una ola de entusiasmo patrocinado por el gobierno. En 1937 era ya miembro del Soviet Supremo. Para entonces, Lysenko y sus teorías dominaban la biología rusa. El resultado fueron hambrunas que mataron a millones y purgas que enviaron a centenares de disidentes científicos soviéticos a los gulags o a pelotones de fusilamiento. Lysenko atacó agresivamente a la genética, que acabó siendo prohibida en 1948 como “pseudociencia burguesa”. Las ideas de Lysenko nunca tuvieron ningún fundamento, pero dominaron la investigación soviética durante treinta años. El lysenkoismo terminó en los años 60, aunque la biología rusa aún no se ha recuperado plenamente de esa era.

 

Ahora tenemos entre manos una gran nueva teoría, que una vez más ha atraído el apoyo de políticos, científicos y celebridades de todo el mundo. Una vez más, la teoría es promovida por las principales fundaciones. Una vez más, la investigación se lleva a cabo en prestigiosas universidades. Una vez más, se aprueba legislación y se urgen programas sociales en su nombre. Una vez más, los críticos son pocos y tratados con dureza.

Una vez más, las medidas propuestas tienen poca base factual o científica. Una vez más, grupos con otras agendas se esconden detrás de un movimiento que parece moralmente elevado. Una vez más, las pretensiones de superioridad moral se usan para justificar acciones extremas. Una vez más, el daño causado a ciertas personas es menospreciado por considerarse que una causa abstracta es más importante que cualquier consecuencia humana. Una vez más, términos vagos como la sostenibilidad y la justicia generacional (términos que carecen de definiciones acordadas) son empleados al servicio de una nueva crisis.

No estoy argumentando que el calentamiento global sea lo mismo que la eugenesia. Pero las similitudes no son superficiales. Y sí afirmo que se está suprimiendo lo que debería ser una discusión franca y abierta de los datos y cuestiones relacionadas. Las principales revistas científicas han tomado fuertes posturas editoriales a favor del calentamiento global, cosa que en mi opinión deberían abstenerse de hacer. Bajo estas circunstancias, cualquier científico con dudas entiende claramente que debe mantener su boca callada si no quiere meterse en problemas.

Una prueba de esta supresión es que muchos de los que critican abiertamente el calentamiento global son profesores jubilados. Éstos ya no tienen que pedir financiación, y ya no tienen que tratar con otros científicos cuya financiación y avance profesional puedan verse amenazados por sus críticas. En ciencia, los viejos suelen equivocarse. Pero en política, los ancianos son más sensatos, aconsejan precaución, y el tiempo suele darles la razón.

La historia de las creencias humanas invita a la cautela. Matamos a miles de nuestros congéneres porque creíamos que habían pactado con el diablo y se habían hecho brujas. Todavía se matan más de mil personas al año por brujería. En mi opinión, sólo hay una cosa que puede sacar a la humanidad de lo que Carl Sagan llamó “el mundo endemoniado” de nuestro pasado: la ciencia.

Pero, como dijo Alston Chase: “cuando la búsqueda de la verdad se confunde con la defensa de agendas políticas, el avance del conocimiento se reduce a la lucha por el poder”.

Ese es el peligro al que ahora nos enfrentamos. Y es por eso que la mezcla de ciencia y política no da buenos resultados, y no los dio en el pasado. Debemos recordar la historia y asegurarnos de que el conocimiento que presentamos al mundo es desinteresado y honesto.

Extraído de: Michael Crichton. State of Fear. New York: HarperCollins, 2004, pp. 575-580.