Por Leonard Read (1898-1983) (traducción de Francesc Garcia Gonzalo, original inglés aquí)


Yo soy un lápiz de grafito, el típico lápiz de madera tan conocido por todos los niños, niñas y adultos que saben leer y escribir.

Escribir es al mismo tiempo mi vocación y mi pasatiempo; eso es todo lo que hago.

Quizá te preguntes porqué yo escribo una genealogía. Pues bien, para empezar mi historia es interesante. Y además, soy un misterio: más aún que un árbol, una puesta de sol, o incluso un rayo en una tormenta. Sin embargo, tristemente, quienes me utilizan no lo aprecian, como si fuera yo un mero incidente venido de ninguna parte. Esa actitud altanera me relega al nivel de lo vulgar. Este es un grave error de aquellos en que la especie humana no puede persistir sin ponerse en peligro a sí misma. Como observó sabiamente G. K. Chesterton: “Estamos pereciendo por falta de maravillarnos, no por falta de maravillas”.

Yo, el lápiz, aunque parezco sencillo, merezco tu asombro y admiración, cosa que intentaré demostrar. En realidad, si consigues entenderme—no, eso es pedirle demasiado a nadie—si consigues darte cuenta del milagro que simbolizo, podrás ayudar a salvar la libertad que desgraciadamente la humanidad va poco a poco perdiendo. Tengo una profunda lección que enseñar. Y yo puedo enseñarla mejor de lo que podrían hacerlo un coche, un avión o un lavaplatos, precisamente porque yo aparento ser tan simple.

¿Simple? Y sin embargo, ni una sola persona sobre la faz de la Tierra sabe como hacerme. Eso suena fantástico ¿no es cierto? Especialmente cuando uno se percata de que cada año en los Estados Unidos se producen mil quinientos millones de unidades como yo.

Tómame y obsérvame. ¿Qué es lo que ves? No parece haber gran cosa: un poco de madera, barniz, unas letras imprimidas, la mina de grafito, un pedazo de metal y una goma de borrar.

Innumerables Antepasados

Del mismo modo que tú no puedes trazar tu árbol genealógico muy lejos, yo tampoco puedo nombrar y explicar todos mis antepasados. Sin embargo, quiero referirme a suficientes de ellos para hacerte ver la riqueza y complejidad de mis orígenes.

Mi árbol familiar comienza con lo que es, de hecho, un árbol: un cedro de fibra recta que crece en el norte de California y Oregón. Contempla ahora todos aquellos elementos que la tarea de cortar el árbol y transportar los troncos hasta la vía del ferrocarril requiere: sierras, camiones, sogas y muchos otros pertrechos. Piensa en todas las personas y las innumerables habilidades requeridas para fabricar todo esto: la extracción del mineral, la obtención del acero y su conversión en sierras, ejes, motores; el cultivo del cáñamo y su paso por todas las etapas hasta llegar a la soga pesada y resistente; los campamentos de los obreros con sus camas y comedores, los utensilios de cocina y la producción de todas las comidas. Miles y miles de personas participaron en cada taza de café bebida por los leñadores!

Los troncos son transportados hacia un aserradero en San Leandro, California. ¿Puedes imaginarte a todos aquellos individuos que participan en la fabricación de vagones, rieles y locomotoras, y que construyen e instalan los sistemas de comunicación necesarios para ello? Todos ellos forman parte de mis antecedentes.

Considera las tareas que se llevan a cabo en el aserradero. Los troncos de cedro son cortados en pequeñas láminas largas como un lápiz y de menos de un cuarto de pulgada de grosor cada una. Éstas son secadas en un horno y luego teñidas por las mismas razones por las que las mujeres maquillan sus rostros: la gente quiere que yo luzca hermoso, y no de un blanco pálido. Las láminas son enceradas y secadas de nuevo en un horno. ¿Cuántos conocimientos intervinieron en la fabricación del tinte y de los hornos, en la generación de calor, luz y energía, en las poleas, motores, y todo lo demás que requiere el aserradero? ¿Incluimos a los barrenderos del mismo entre mis ancestros? Sí, y también a quienes vertieron el cemento para edificar la presa hidroeléctrica que suministra energía a la fábrica.

Y no nos olvidemos de mis ancestros cercanos y distantes que intervienen en el transporte de punta a punta del país de sesenta vagones llenos de láminas.

Al llegar a la fábrica de lápices—$4,000,000 entre maquinaria y edificio, todo ello capital acumulado por mis ahorradores padres—una máquina compleja grava en cada lámina ocho surcos, tras lo cual otra máquina deposita minas de grafito en un surco sí y otro no, para luego aplicar pegamento y enganchar encima otra lámina, creando, por así decirlo, un bocadillo de grafito. Yo y siete hermanos míos somos excarvados mecánicamente de ese sandwich de madera y grafito.

Leonard Read (1898-1983)

Mi punta en sí misma es compleja. El grafito es extraído de Ceilán [Sri Lanka]. Ten presentes a esos mineros y a todos aquellos que producen sus diversas herramientas, y a los que elaboraron los sacos de papel en que es transportado el grafito, y a quienes fabricaron las cuerdas con las que se atan los sacos, y a aquellos que cargaron los sacos en barcos, y a quienes fabricaron los barcos. Incluso los encargados de los faros que guían las naves, y los operarios de los puertos, participaron en mi nacimiento.

El grafito es mezclado con arcilla procedente de Mississippi, para cuyo refinado se utiliza hidróxido de amonio. Posteriormente, se añaden agentes humectantes como el sebo sulfonado, que es grasa animal químicamente tratada con ácido sulfúrico. Tras pasar por numerosas máquinas, la mezcla aparece finalmente como innumerables extrusiones, como si saliera de un picador de carne. Las extrusiones son cortadas a medida, secadas y horneadas varias horas a 1000ºC. Para aumentar su resistencia y suavidad, las puntas son luego tratadas con una mezcla caliente que incluye cera candelilla de Méjico, parafina y grasas naturales hidrogenadas.

Mi madera de cedro recibe seis manos de esmalte. ¿Conoces todos los ingredientes del esmalte? ¿A quién se le ocurriría que los productores de semillas y aceite de ricino son parte del proceso? Pues lo son. Incluso el proceso por el cual se logra que el esmalte tenga un atractivo color amarillo involucra las habilidades de más personas que las que nadie podría llegar a enumerar.

Observa las letras con las que me han marcado. Se trata de un film formado al aplicar calor sobre negro de humo mezclado con resinas. ¿Cómo se hacen las resinas? y ¿qué diantres es el negro de humo?

Mi porción metálica está hecha de latón. Piensa en todas las personas que se dedican a la extracción de zinc y cobre, y en quienes saben cómo producir finas y brillantes láminas de latón con esos elementos de la naturaleza. Esos anillos negros en mi pieza metálica son níquel negro. ¿Qué es el níquel negro y cómo se lo aplica? Harían falta varias páginas sólo para contar la historia completa de por qué el centro de mi pieza metálica no contiene níquel negro.

Luego llega el momento de mi “coronación”, a la que se conoce poco elegantemente en el oficio como “la goma”, la parte con la que las personas borran los errores que cometen conmigo. Un ingrediente llamado “facticio” es lo que lleva a cabo el borrado. Es un producto similar al caucho, producido al hacer reaccionar aceite de colza de las Antillas Holandesas [Indonesia] con cloruro de azufre. El caucho, contrariamente a la opinión popular, se utiliza solamente para pegar. Existen también numerosos agentes vulcanizadores y aceleradores. Por ejemplo, la piedra pómez proviene de Italia, y el pigmento que le otorga a la goma su color es sulfuro de cadmio.

Nadie Sabe

¿Quiere alguien desafiar ahora mi afirmación inicial de que ningún individuo sobre la Tierra sabe cómo fabricarme?

Realmente, millones de seres humanos han participado en mi creación, y ninguno de ellos conoce más que una pequeña parte del proceso. Quizá creas que estoy yendo demasiado lejos al conectar con mi producción a un recolector de bayas de café en el lejano Brasil, o a agricultores en otras partes del mundo. Quizá creas que está es una posición extrema, pero yo la seguiré sosteniendo. No hay ni una sola persona entre esos millones, ni siquiera el director de la compañía de lápices, que contribuya a mi elaboración más que una infinitesimal parte de los conocimientos necesarios. Tanto el minero como el leñador son indispensables, al igual que el químico en la fábrica o el trabajador del yacimiento petrolífero (la parafina es un derivado del petróleo).

He aquí un hecho asombroso: ni el trabajador de la petrolera, ni el químico, ni los mineros de grafito o arcilla, ni quienes conducen o fabrican los barcos, trenes o camiones, ni el operario de la máquina que talla mis partes metálicas, ni el presidente de la compañía, ninguno de ellos realiza su tarea porque me desee. Cada uno de ellos me desea menos, posiblemente, de lo que pueda hacerlo un alumno de primer grado. Es más, hay algunos entre esa vasta multitud que ni siquiera han visto nunca un lápiz ni sabrían cómo utilizarlo. Yo no soy lo que motiva a toda esta gente. Quizá sea esto: Cada uno de estos millones de individuos observa que puede intercambiar aquello que sabe hacer por los bienes y servicios que necesita o desea. Yo puedo o no estar entre esos bienes.

Sin Mente Maestra

Existe un hecho todavía más asombroso: La ausencia de una mente maestra, de alguien dictando o dirigiendo por la fuerza todas esas incontables acciones que me permiten cobrar vida. No hay ni rastro de tal clase de persona. En su lugar, vemos la Mano Invisible en acción. Este es el misterio al que me refería al principio.

Se ha dicho que “sólo Dios puede hacer un árbol”. ¿Por qué estamos de acuerdo con esto? ¿Acaso no es porque nos damos cuenta de que nosotros no podríamos hacer uno? Es más, ¿podemos siquiera describir un árbol? No podemos, excepto en términos superficiales. Podemos decir, por ejemplo, que una cierta configuración molecular se manifiesta en forma de árbol. Pero ¿qué mente humana es capaz siquiera de registrar, ya no digamos de dirigir, los constantes cambios moleculares que tienen lugar a lo largo de la vida de un árbol? ¡Tal hazaña es del todo inconcebible!

Yo, el lápiz, soy una compleja combinación de milagros: un árbol, zinc, cobre, grafito, etc. Pero a todos estos milagros que se manifiestan en la Naturaleza, se les ha añadido un milagro aún más extraordinario: la configuración de energías humanas creativas—millones de pequeñas aportaciones configuradas de forma natural y espontánea en respuesta a las necesidades y deseos humanos, ¡sin ninguna mente maestra que lo dirija! Puesto que sólo Dios puede crear un árbol, insisto en que sólo Dios puede hacerme a mí. Ningún hombre puede dirigir esos millones de aportaciones individuales para crearme, del mismo modo que no puede dirigir todas las moléculas necesarias para crear un árbol.

Esto es lo que quería decir cuando escribí: “si consigues darte cuenta del milagro que simbolizo, podrás ayudar a salvar la libertad que desgraciadamente la humanidad va poco a poco perdiendo”. Pues, si somos conscientes de que estos conocimientos, estas aportaciones, se armonizarán de forma natural y automática en patrones creativos y productivos en respuesta a las necesidades y demandas humanas—esto es, en ausencia de planificación central coactiva, gubernamental o de cualquier otro tipo—entonces poseeremos un ingrediente absolutamente esencial para la libertad: la fe en las personas libres. La libertad es imposible sin esta fe.

Cuando el gobierno monopoliza una actividad creativa, como es por ejemplo la entrega de correo, la mayoría de individuos acabará creyendo que el correo no puede ser entregado eficientemente a menos que se encargue de ello el gobierno. He aquí el motivo: cada individuo se da cuenta de que él por sí solo no sabe todo lo que hay que saber para entregar correctamente la correspondencia. También se da cuenta de que los demás individuos están en su misma situación de ignorancia. Estas percepciones son correctas. Ningún individuo sabe todo lo requerido para hacer funcionar los correos de un país, del mismo modo que nadie sabe cómo hacer un lápiz. Ahora bien, si no se tiene fe en la libertad individual—si se desconoce que millones de pequeñas aportaciones se movilizarán de forma natural y milagrosa para cooperar en la satisfacción de esa necesidad—entonces es inevitable que los individuos lleguen a la errónea conclusión de que el correo sólo pueden funcionar bien por intervención de la “mente maestra” gubernamental.

Abundante Testimonio

Si yo, Lápiz, fuera el único artefacto capaz de atestiguar sobre lo que hombres y mujeres pueden lograr cuando se les permite intentarlo, entonces aquellos con poca fe tendrían argumentos de peso. Sin embargo, dicho testimonio es muy abundante y nos rodea por todas partes. La entrega del correo es muy simple si se la compara, por ejemplo, con la fabricación de un automóvil, una calculadora, una cosechadora o decenas de miles de otras cosas. Entrega? Allí donde los individuos han gozado de libertad, la voz humana es entregada por todo el mundo en menos de un segundo; los eventos son entregados visualmente, con movimiento y en directo hasta cualquier hogar que se desee; en menos de cuatro horas 150 pasajeros son entregados desde Seattle a Baltimore;  se entrega combustible desde Texas hasta Nueva York a unos precios bajísimos y sin subsidio alguno; Entregan dos litros de petróleo desde el Golfo Pérsico hasta nuestra Costa Este—media vuelta al mundo—por menos dinero que lo que cobra el gobierno por entregar una carta de treinta gramos al otro lado de la calle.

La lección que puedo enseñar es esta: Deja que todas las energías creativas fluyan libremente. Limítate a organizar la sociedad para que funcione en armonía con esta enseñanza. Procura que el aparato legal de la sociedad elimine todos los obstáculos lo mejor posible. Permite que esos conocimientos creativos se muevan con libertad. Ten fe en que los hombres y mujeres libres responderán a la Mano Invisible. Esa fe será confirmada. Yo, lápiz, aunque simple en apariencia, ofrendo el milagro de mi creación como testimonio de que esta es una fe práctica, tan práctica como el sol, la lluvia, un cedro, la buena tierra.

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