Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo” (George Santayana)

A todos nos sabe mal que le suban el alquiler a una anciana que apenas llega a fin de mes. O que le paguen poco a un padre de familia con muchos hijos que alimentar. O que suban los precios de nuestro pan, agua, electricidad y demás sin que suban a la vez nuestros modestos salarios. Es por ello que mucha gente humilde y bien intencionada propugna que el gobierno imponga controles de precios, ya sea en forma de precios máximos (vivienda, alimentos,…) o mínimos (salarios).

Sin embargo, aunque a corto plazo nos puedan beneficiar a unos pocos, los controles de precios causan daños enormes que afectan por encima de todo a la gente más humilde, a la que supuestamente se quiere ayudar. Estos daños no sólo los predice la teoría económica sino que los confirma contundentemente la historia de la humanidad como explico a continuación.

No hay que ser un experto en economía para entender que los precios afectan el comportamiento de las personas. Concretamente, si el precio de algo sube hay más gente dispuesta a producirlo y venderlo (mayor oferta) pero menos dispuesta a comprarlo (menor demanda). Por ello, cuando los vendedores piden precios muy altos por sus productos sólo aparecen unos pocos compradores y la mayor parte del producto se queda sin vender. Estos excedentes sólo pueden ser vendidos rebajando precios, lo cual atrae a más compradores. Inversamente, a precios muy bajos los compradores potenciales abundan pero la oferta se queda corta. El resultado sería la escasez, el desabastecimiento, si no fuera porque los compradores, que no quieren quedarse con las manos vacías, pujan los precios al alza y de este modo atraen más oferta.

Así pues, en ausencia de intervenciones gubernamentales, los precios tienden a un punto de equilibrio en el que la oferta satisface exactamente a la demanda. Bajo estas condiciones los excedentes y el desabastecimiento no pueden existir más que muy fugazmente, ya que su aparición causa ajustes de precios que a su vez incentivan a las personas a solucionar dichos problemas.

¿Pero qué pasa si el gobierno fija los precios? Eso bloquea los ajustes de precios que en la sociedad libre mobilizan a las personas, por su propio interés, a solucionar los problemas del prójimo (ya sea produciendo más en respuesta a demanda no satisfecha, o comprando más en respuesta a oferta no vendida). El resultado es el desabastecimiento (cuando los precios son artificialmente bajos) o los excedentes (si los precios son artificialmente altos). Eso es lo que predice la teoría económica y lo que demuestran miles de años de historia en que los humanos han tropezado una y otra vez con la misma piedra.

Así, si se intenta impedir que suba el precio del pan, el resultado es que mucha gente se queda sin él. Cuando esto ocurre los gobiernos casi nunca dan marcha atrás, retirando las medidas dañinas, sino que aceleran hacia adelante en una espiral creciente de medidas tiránicas como las cartillas de racionamiento, la producción forzosa, el cierre de fronteras, etcétera. En estas condiciones los mercados negros son a menudo los que salvan a mucha gente de morirse de hambre. Ejemplos de este tipo van desde la Mesopotamia del rey Hammurabi a la Venezuela de hoy, pasando por el imperio romano, la España de la posguerra, la crisis del petróleo e incontables casos más. Para más detalles recomiendo el libro “Cuarenta siglos de controles de precios y salarios: cómo no luchar contra la inflación“, de Robert Schuettinger y Eamon Butler (resumido en castellano aquí y aquí), y este video del profesor Huerta de Soto, catedrático de economía política de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid.

Análogamente, los salarios mínimos causan desempleo, es decir un excedente sin vender del producto (los servicios derivados del trabajo de estas personas) cuyo precio ha sido fijado a niveles artificialmente altos. Contrariamente a los populares mitos del marxismo, en una sociedad libre los trabajadores tienden a cobrar el valor de su productividad marginal (es decir el beneficio adicional que hace la empresa por tener a ese trabajador) con un descuento correspondiente al anticipo de dinero gracias al cual el trabajador no tiene que esperarse a la venta del producto para cobrar por su aportación al mismo (para más detalles, clicar aquí).

Así, si el valor de un trabajador para una empresa son $7/hora y el salario mínimo legal son $10/hora se presentan las opciones siguientes: (1) la empresa contrata al trabajador a costa de perder $3/hora, lo cual acabará tarde o temprano con la viabilidad de la empresa y todos sus puestos de trabajo, y (2) la empresa no contrata al trabajador o lo hecha a la primera oportunidad. El resultado, de una forma u otra, es que alguien que podría haber tenido un trabajo de $7/hora acaba en el paro. ¿Es eso lo que queremos? Por mucho que nos empeñemos los decretos gubernamentales no van a cambiar las leyes del universo, incluídas las leyes económicas. Si las cosas fueran tan fáciles sólo habría que subir el salario mínimo a un millón de dólares anuales y adiós problemas.

Se nos venden los salarios mínimos como un artilugio para salvar a la gente pobre cuando en realidad son todo lo contrario, herramientas para que los pobres no puedan quitar de su asiento (ofreciendo hacer lo mismo a cambio de menos) a los que ya ocupan esos puestos de trabajo. Es bastante revelador que en EEUU los salarios mínimos fueran introducidos por eugenistas como medida para impedir a los negros y otros “indeseables” prosperar en el mercado laboral.

¿Pero si los controles de precios no son la solución, entonces cómo se arregla el problema de la inflación? Los controles de precios combaten los síntomas de la enfermedad, con el agravante que esos síntomas son parte de los mecanismos de curación del cuerpo. Hay que ir a por la causa de la enfermedad que tiene que ver con la centralización del poder monetario en manos de nuestros gobernantes y banqueros centrales. La inflación la causan ellos creando dinero de la nada para pagar sus facturas a costa nuestra. Pero ese es un tema para otro artículo.